miércoles, 29 de junio de 2011

sábado, 4 de junio de 2011

SALVAJE




Más de dos décadas viviendo en el planeta azul. Un maravilloso lugar donde, por suerte de las coordenadas espaciales de mi destino, me vio nacer y crecer. Sí, suerte la mía. Crecí rodeado de árboles, un río amigo y pájaros pensativos. La esquiva poesía, una poesía interna en un principio, también me acompañaba cuando caminaba descalzo, silencioso, alegre, por el bosque amado.

Vivía como un salvaje, un alegre salvaje. Trepaba los árboles con tal maestría y me pasaba toda la tarde en ellos. Y, en vacaciones, prácticamente vivía la mitad del día en los árboles, leyendo cuentos o aprendiendo la tabla de multiplicar. Había un árbol de mango en mi huerto que era mi gran amigo después de venir de la escuela, pues me pasaba todo la tarde en sus dominios, tratando de trepar alto para ver el cielo azul de mi pueblo. En los meses de diciembre a febrero, el árbol me invitaba sus frutos y yo cuidaba de él: nadie podía cortarlo, nadie. El árbol, para ser más preciso, fue mi primer amigo, antes de tener un amigo humano. Mi amigo verde y lleno de vida siempre estuvo ahí, conmigo, en todos mis momentos infantiles, era testigo de mis pensamientos, alegrías y locuras. Mi primer dibujo, que yo recuerde, fue un árbol y en sus ramas había a un niño leyendo cuentos: yo. Mi hermano menor con mucha frecuencia me seguía a todas partes y jugaba conmigo en los árboles. Yo cuidaba mucho de él, pues es natural que el hermano mayor cuide del menor. Jugábamos mucho. Por ejemplo, hacíamos columpios, imaginábamos al árbol como un gran circo, una casa, una nave espacial y, de alguna manera, como una gran madre. Yo pedía, en mis adentros, que el árbol cuide mucho a mi hermano menor cuando entra a sus dominios, pues yo ya me había caído un par de veces y me había fracturado el brazo tanto que mamá intento, en vano, prohibirme subir otra vez a los árboles. Pero una cosa es que yo me caiga y otra, muy diferente, es que se caiga mi hermano, pues ahí que mamá sí tendría, con toda la razón, muchos argumentos para prohibirme subir a los árboles y uno de ellos, el más sólido, sería el cuidado de mi hermano menor. Por suerte, mi hermano nunca se cayó; yo sí, pero no fue para tanto.

La historia entre los árboles, mi historia, siempre me persigue en mis recuerdos y sueños, lejos del bosque sagrado y los pájaros pensativos, en la ciudad gris y bulliciosa. Y cuando escuchó que la gente lucha y muere por los árboles, cuando los árboles son amenazados por las fuerzas del consumismo que quieren destruirlo todo, yo me pongo en pie de lucha para defender el bosque, pues nunca olvido a los verdaderos amigos.

jueves, 2 de junio de 2011