viernes 30 de octubre de 2009

BAKU


Te despiertas hoy. No dormiste bien. Aún es de madrugada, las cinco o las cuatro. No puedes saberlo, no tienes un reloj. Quieres hablar con alguien o escucharte a ti mismo, ni tú mismo lo sabes. Sientes un vacío oscuro, un silencio desesperado y una soledad que te acompaña fielmente...otra vez. Hay esa sensación como cuando un niño se levanta a medianoche y no encuentra a nadie y se siente traicionado. No hay nadie, sólo libros y pedazos de papel donde se escribe cualquier cosa excepto poemas. Enciendes tú laptop, entras a ese link donde esta esa canción, Will You Still Love Me Tomorrow, y escuchas la voz de Amy Winehouse. Te estremeces, hay algo de alivio. No es un día cualquiera. Son esos días que tienes miedo de ti, de ser demasiado curioso, o imbécil, y cruzar la línea, la línea que separa la vida de la muerte. Hay alguien que husmea tus pasos. Tomas una vaso de agua. Sientes el fluir del tiempo, la vorágine que asciende y asciende. Hay silencio a pesar que hay una voz trémula que traspasa todo. Hay silencio. Hay todo y no hay nada. Sales a caminar en las calles de la ciudad. Hay frío y silencio y algunos taxis. Todo está oscuro. El pavimento es gris y el cielo es una bovedad misteriosa. Caminas. No tienes un rumbo. Sólo quieres salirte de ti mismo, escapar. Hay algunas estrellas, pero en realidad no hay estrellas, sólo es un espectro celestial, urbano, jodido. Luchas contigo mismo, contra el vacío, el fluir del tiempo y la nada. Quieres comprender lo incomprensible. Nada te detiene. Caminas, caminas...o sueñas.
“A propósito del sueño, esa siniestra aventura de todas nuestras noches, debemos decir que los hombres se van a la cama diariamente con una audacia que sería incomprensible si no supiéramos que es el resultado de la ignorancia del peligro.” (Charles Baudelaire)

miércoles 28 de octubre de 2009

PATRIA VERDE


Esto sabemos: la tierra no pertenece al hombre;
el hombre pertenece a la tierra.
Esto sabemos.
Todo va enlazado,
como la sangre que une a una familia.
Todo va enlazado.

Carta del Jefe Indio Seattle.




CARLOS LAVIDA: PERUVIAN PSYCHO





































Un artista genial. No más palabras. Ahora hablan las imágenes.
Todo chévere, todo bacán. Un perfecto "asesino'' en serie.
Más sobre el artista en: http://edhibert.blogspot.com/

lunes 19 de octubre de 2009


ESCRIBO PARA TI, Nicolle. Escribo de noche y de día. Escribo cuando camino por las calles de Trujillo buscándote sin buscar en alguna caderita de una mujer hermosa que danza para mis ojos. Escribo con mis pasos de vagabundo y mi mirada perdida. Escribo cuando miro las estrellas en un cielo sin estrellas y cuando busco tu sonrisa de primavera en otras sonrisas. Escribo para tus oídos que habitan en el otro mundo, para el universo de tus ojos, para le selva negra de tus cabellos, para el calor amoroso de tu piel y para tus labios hechiceros. Escribo con mi silencio ferviente de amante infiel, mi soledad omnipresente, mi neurosis implacable, mi catarsis de madrugada, mi fiel insomnio y mis monólogos taciturnos. Y canto y canto y canto. Canto para ti, Nicolle, sólo para ti. Quisiera que estés aquí, en mi balcón imaginario para que escuches mis cantos, los cantos que tú fecundas en cada nervio de mi ser alado. Quisiera que abraces mis abrazos y que mis dedos viajen por tu cintura de gitana danzarina. Quisiera que escuches mis suspiros. Quisiera estar a tu lado con nuestro silencio. Pero no estás aquí soñando la primavera en invierno. Te llevaste los amaneceres de besos y caricias, el sabor del vino tinto entre tus labios, tus pinturas de girasoles a lo Van Gogh y tus marionetas de Romeo y Julieta que me hacían reír. Te fuiste llevando mi beso, mi beso de despedida que no sabía que era el último. No estás aquí; estás conmigo: estás conmigo cuando paseo solitario por los parques contigo, cuando contemplo la luna con tus ojos. Estás siempre conmigo. Te fuiste y dejaste todo. No debiste ser tan buena. No debiste dejar tus murmullos en cada rincón de mi habitación. No debiste oír, desde el otro mundo, los agudos gemidos de mis amantes, siempre putas, siempre nínfulas, nunca tú. ESCRIBO PARA TI, Nicolle.
Me quedé en silencio un buen rato. No puedo describir como me sentía. No quería describirlo, sólo sentirlo, y eso me bastaba. No tenía porque dar explicaciones a nadie. Me alegre de eso. Lo leí una y otra vez. Me quede en silencio.
La flecha del tiempo sigue viajando. La corriente del río de la vida me baña con son de Heráclito y también con tempestades de puro dolor. Y yo sigo navegando guiado por la brújula de mis pasiones, convertido en un explorador de la belleza, remando en aguas turbulentas, soportando misterios insoportables. Pero siempre estas tú, Nicolle.
Los años han pasado como una pájaro indiferente y han pasado más de dos años, también, desde que Nicolle murió en un accidente de transito cuando viajaba a Lima—aún la horrible—. Su ómnibus chocó con un trailer que tenia escrito, en la parte frontal, Jesús es mi copiloto. Desde entonces trató de escribir o desangrarme. Acaso no es lo mismo escribir y desangrarse, sacar todo ese torrente interior, subterráneo, continuo y latente, que nos mantiene al borde del éxtasis, al límite del suicidio y que nunca será un fin, sino un comienzo, dar el primer paso al vació para conocerse. Acaso no escribo para morir las veces que sea necesario. Morir involucrando a mi demencia que se agudiza a través de los años y alimenta la angustia de mi ser suicida. Todo se derrumbó así de pronto. Tu muerte no duele: duele que sigas viviendo en cada cosa: una sonrisa, un poema, una canción, una palabra, una frase, el vino,…. He aceptado con estoicismo todo esto. Mentira. No es fácil cantar para ti Nicolle, por eso canto por última vez.
Insomnio.
El insomnio me acompaña una vez más con su rostro fatigado, sus horas estáticas y su pose impaciente que espera algo…algo de mí.
Es madrugada, casi las cuatro, y el insomnio se ríe mucho de mí. Puedo escuchar sus carcajadas en el silencio. Maldito. Y se ríe de todas mis noches perdidas, de mis ojeras y mis pesadillas que, paradójicamente, ahora son añoradas. Un cigarrillo liliputiense se va extinguiendo entre mis labios con el silencioso orgullo de saber que renacerá en el próximo cigarrillo, ya no liliput, que empiece a fumar de nuevo. Intento escribir: desangrarme, morir entre mis líneas caóticas, discurrir en el río de latidos y demonios alados. Quizás algún hombre-búho-lector sabrá servirse de estás líneas sangrientas, inútiles. Mi sueño ya se ha perdido hace siglos entre los pliegues de mis sábanas habitado por ácaros, cabellos, semen, recuerdos de amores pretéritos jamás olvidados y lecturas fervientes de libros prohibidos-perversos.
Escribo un poquito.
Escribo con vino tinto mis confesiones bajo fuego.
Soñé que era un niño. Soñé que caminaba descalzo en el bosque y mi corazón acompañaba mis pasos, mi soledad, mi paz, mi silencio. Pukllay, pukllay, pukllay. Soñé que vivía bajo las hojas y jugaba con mis hermanos del bosque profundo. Pukllay, pukllay, pukllay. Soñé que jugaba con Hodeken, el aventurero Mowgli y mi wawki Killatata. Pukllay, pukllay, pukllay. Hoy desperté y soy Peter Pan para siempre, siempre. Amen.
Sueño un poquito.
Alguien toca mi puerta. Espero que no sea la vieja—y su menopausia— que me alquila el cuarto y viene a reclamarme algo. La voy a joder.
—Etes-vous démon?
—Peut-être.
—Etes-vous ange?
—Quelquefois, Jim.
—Etes-vous, monsieur, le Président Nicolas Sarkozy ?
—Vete a la mierda, Jim!
—Etes-vous Paulo Goelho?
—Vete otra vez a la mierda, Jim!
—Etes-vous communiste?
—Nunca han existido.
—Etes-vous Mefistófeles?
—Eso es Goethe, my dear Fausto-Jim.
—Etes-vous Macunaima?
—Ya quisiera.
—Você está louco !
—Eu sou louco, mas o senhor fala português muito mal.
—Etes-vous corbeau?
—Eso, Jim, es Poe.
—Etes-vous Jean-Paul Sartre, un idiot qui devient un génie o l’idiot de la famille ?
— Jim : je suis clair, je suis bref, je n’ai pas la nausée.
(JIM FUK YU)

Ayer, por la noche, vino la madame. No pude negarme. La verdad que estaba bien pero bien rica. Hicimos el amor casi una hora. Hubo de todo. No sé por qué, pero disfruté mucho de ella esta vez. Su lencería le daba un aire irresistible: ella viene preparada para seducirme y se esmera mucho. Me gusta cuando se desnuda totalmente a pesar de estar ya desnuda. Me gusta que sea bien puta, libre. Algo, además, noté en la madame: parecía más joven, como si una primavera misteriosa hubiera vuelto trayendo brillo a sus ojos, el rubor saludable a sus mejillas y una piel fresca, juvenil. Sí, estaba linda y llena de luz. Estaba bien rica.
La noche de ayer me trajo más libros de lo acostumbrado: consiguió todo los títulos que le pedí. La madame compra libros para mí. No es, de ningún, un cambalache de libros a cambio de sexo o mi pago por puto lector: es un intercambio cultural que va más allá de los negocios y que no tiene nada que ver con la porquería de la privatización—o prostitución— de la educación o la bazofia de alguna élite caviar peruana bien educada—¿existe?—. La madame trajo el vino tinto que me gusta tanto, así como también las manzanas. A veces ella no habla mucho, y yo tampoco. No sé mucho de ella porque evite eso: saber más de su vida, involucrarme con preguntas innecesarias. Es suficiente que me hablé con sus ojos y su silencio y que tengamos sexo. Con el tiempo conocí su lenguaje seductor. Cuando ella entra en mi habitación me mira sonriendo y sólo me dice un clásico: hola Jim. Se sienta en mi cama, se saca los tacones, se suelta el gancho que sujeta sus cabellos negros y largos y, como si fuera una mujer invisible y con una tranquilidad provocativa, se desviste hasta quedarse calatita. Ella es hermosa. No sé ha donde me conduzca esto. No pienso en el futuro. Ella parece comprender muy bien oficio: soy su amante por más de dos años. Nunca le importó que estuviera con chicas de mi edad que conocía en la universidad, la mayoría putas intelectuales, ni tampoco le importó mi síndrome Nicolle: la mujer que amé con locura, pero la muerte me la quitó. La muerte es la muerte. Es una prueba dolorosa de desapego. Tiene cierta filosofía de vida a pesar que es de muerte. Yo me entiendo.
Creo que la madame me conoce más que nadie. Bueno, me conoce alguito, pues ni yo me conozco del todo. Sigo con ese asunto griego de conócete a ti mismo, aunque yo lo he llevado al asunto de destrúyete a ti mismo. Alguna vez, en la cama, después de mirarnos en silencio largo tiempo, le dije: lo siento linda. Ella se quedó mirándome en silencio. Silencio que parecía eterno, fastidioso. Yo me sentía el más idiota durante ese instante. Salió una lágrima negra y solitaria de sus ojos y me dijo: sírveme una copa de vino, Jim de mierda. No sé consolar mujeres tristes. Pero sí sé contar historias. Le había contado la historia de las dos chicas, de ella y de la otra. Quería sacarle una sonrisa, sólo una y eso me bastaba. Era lo mínimo que podía hacer. Así que le conté la historia de ella.
Ella no es una chica cualquiera: lee poesía. La otra es una chica extraña: habla huevadas por celular—tiene dos— y puede pasar horas en los malls. No me imagino a ella con dos celulares, sería como si la Maga acordará una cita por celular. Imposible. La otra puede hablar mucho y no decir nada. A ella le gusta hablar mucho de LITERATURA. La otra habla mucho de su ropa de marca extranjera como si fuera el personaje principal de American Psycho. Ella puede estar en silencio y decir mucho. La otra es hermosa hasta que abre la boca y todo se cae como las torres gemelas y uno tiene la impresión de estar frente a un huevo, pero sin clara ni yema. Ella es linda y cuando muerde sus labios me vuelvo loco. La otra tiene demasiado maquillaje en los labios—colorete, delineador y brillo—. La otra hace muy bien el amor, ella también. Ella lee a Saki, la otra dice leer a Paulo Goelho—perdónala Señor—. Ella prefiere leer La pedagogía del oprimido y la otra alguna de esas revistas sobre moda y la vida de los actores de cine. Ella llora sin llorar cuando le traspasa un verso. La otra llora mucho cuando mira esas telenovelas mexicanas que esta jodiendo la cabeza a muchas mujeres peruanas. A ella le encanta la canción Le deserteur de Boris Vian, la otra es fanática The Bab Street Boys—perdónala Señor—. Ella dice que PBI realmente significa primera brutalidad del imperialismo, y a la otra le han enseñado, y lo ha aprendido de memoria, en su colegio que PBI significa producto bruto interno. La otra se siente una chica VIP porque cree en eso de very important person, pero ella está segura que VIP significa very idiot person. Las mujeres, que leen, son peligrosas. Ella es peligrosa.

(Parte del Relato JIM FUK YU)


Estoy en mi habitación y je suis fou comme d’habitude. El silencio ha invadido mi cueva personal que de ningún modo es esteparina: un cuartito en el tercer piso de un edificio como todos los edificios. Mi habitación me ha observado muchos años y yo la he observado también. Somos buenos amigos y cómplices. Yo no le molesto ni él tampoco. Respeta mi espacio y no hace bulla mientras leo o escribo o escribo-leo. Cuando viene una chica para tener sexo se hace el que no ve nada o sale a pasear por las calles de la ciudad. En esta ocasión todo parece estar invadido por el lujo del silencio. La chica moralista, del piso celestial, arriba de mi habitación, no me jode con sus músicas cristinas. El idiota, del piso de abajo, que canta dizque en inglés, no me jode con su música punk de mierda. Tampoco escucho la voz de la chica lengua de loro, del costado izquierdo de mi habitación, estudiante de derecho, que lee en voz alta sus fotocopias: ya tiene el examen de mañana y se memoriza las respuestas.
Estoy en mi habitación. No hay bulla y tengo buenos libros. Chévere. Me gusta mi soledad cuando empiezo a escribir, o cuando disfruto del placer de la lectura, acompañado siempre del querido silencio...y algo de vino tinto. Todo eso es, dentro de mi galaxia personal, un perfecto paraíso donde el tiempo, de alguna manera, se detiene entre las páginas.
Las bibliotecas llenas de lectores por compromiso, como en las universidades, nunca fueron para mí un lugar de lectura y ahí sólo I see dead people. Aunque las bibliotecas estén casi vacías, como ocurre cuando no es semana de exámenes, prefiero mi desordenada habitación.
El insomnio, mi fiel amigo, me acompaña desde que vivo escribiendo como un loco. No sé qué es todo ese asunto de escribir por horas y horas. Sólo puedo decir que ESCRIBIR ES RICO. No hago estimaciones futuras, tampoco balances de toda esta situación. No espero lectores, espero catadores. Yo sólo sigo alimentado esta espiral, no sé si ascendente o descendente, que me mantiene vivo, excitado. No duermo bien y no sé lo qué es un buen sueño. Sin embargo, de alguna manera que no sé explicar, sueño mucho sin soñar. Yo me entiendo. Sueño despierto y, a veces, tengo cierto delirio que se origina, creo, en el campo de batalla que no es otra cosa que la delgada línea que separa la fantasía de la realidad, casi indistinguible.
He tejido un mundo con libros durante todos estos años y creo, inútilmente, en la existencia física de ciertos personajes literarios, seres exquisitos, que han pasado a formar parte de mi galaxia personal. Aquellos seres son, para mí, más interesantes que aquellos mortales de carne y hueso. De alguna manera, que me gustaría explicar en otra ocasión, tengo una buena relación con ellos: soy su cómplice.
Sólo dos cosas me sacan, por momentos, de mi soledad: la madame y la ventana. La madame, o señora A., dice ser una vegetariana ortodoxa y fundamentalista. Mentira. No puede ser vegetariana: hace el amor, es decir, no se resiste a la tentación de la carne. Ya hablaré, más adelante, de la madame. Por la ventana me mira la luna en esos días. La Luna con mayúscula, la luna con minúscula, igual sigue siendo luna lunera casca valera ojos azules boca morena. La luna es ese ojo pálido que me mira jodiendo: me he torturado varias veces: soy lunático. No sé, pero cuando miro la luna, también pienso en ella, Nicolle, y en toda la historia de cómo nos conocimos. Nicolle no existe, vive. Vive en mis pensamientos y en mi corazón. Nicolle no Existe, vive. Queda la imagen de sus ojos fijos mirándome y de sus labios, rojos, que dejaron un sabor. Nicolle no existe, vive. Quedan sus palabras, suaves, que vuelven como ecos nocturnos cuando habito en el mundo de los sueños-despiertos. Je me souviens de Nicolle cuando me besaba en silencio bajo la luna. Nicolle era capaz de anular el efecto luna, pero ella ya se fue y no me dijo adiós. No me dijo nada, sólo me dejo un beso…La ventana conduce a la luna, la luna conduce a Nicolle, Nicolle conduce a…
Nicolle no existe, vive.
Me-estoy-volviendo-loco.
Debo decir que mi galaxia personal, de ningún modo, es esteparina; quizás tenga algo de robinsoniano por voluntad propia, pero más es un mundo-barón-rampante. Los buenos lectores, algunos, me comprenden el asunto.
Mi habitación existe. A menudo me emborracho en mi habitación con mi mejor amigo: el vino tinto. La máxima: nos emborrachamos, luego somos. El vino me escucha y nos divertimos mucho. La risa invade mi habitación que da vueltas como una satélite artificial, inservible, que forma parte de la basura espacial. Con el vino tinto charlamos sobre mujeres y musas fantasmas. Conversamos sobre musas de carne y hueso, musas poéticas y musas putas—la mejores—. Además cantamos como niños, como locos, escuchando nuestras voces incomprensibles que se elevan y salen por mi ventana. Y nuestras voces se elevan por los cielos, traspasan el agujero de la capa de ozono, viajan por la vía láctea, pasan por Venus y Saturno, vuelan hacia otras galaxias ignotas para salir en busca de otros mundos donde algún día naceré y, quizás, me acuerde del PLANETA AZUL, pero siempre de ti, Nicolle. Y cuando estoy bien borracho destruyo poemas inútiles y algunos versos, más (des)afortunados, les trasformo en prosa y nacen cosas, cosas extrañas.
En mi habitación, la entropía— ¿qué es entropía Dr. Boltzmann?— hace de las suyas mientras tomo una copa de vino sangriento al terminar la tarde. Me olvido de la ciudad y de la gente apurada. Sé qué esta copa de fuego es el inicio de mil capítulos que acabara, otra vez, en un epílogo sediento al amanecer. Cada copa de vino es cómplice de mis locuras. Y mi cuarto gira y gira como un ebrio planeta mientras canto en la oscuridad como un loco. Mis libros me miran y se ríen de mí. Se ríe ecce homo que me mira desde su montaña, al lado de su serpiente y águila, y me sugiere que escriba con sangre. Con Li Po, sin embargo, nos reímos juntos todo el tiempo, tomamos mucho vino y buscamos abrazar la luna…ah, también escribimos con vino. Pasan las horas y yo escribo tonterías. Bailo solo y pienso en la musa que baila y besa…y, de pronto, me callo…La luz entra por mi ventana, es de día. Descubro que el ocio es valioso y que dentro de dos horas, en la triste universidad, tendré un examen, pero no me acuerdo de qué. Estoy borracho y me rió de todo. Soy un vampiro del vino. Mis ojos huyen de la luz, mi cuerpo no me hace caso y el duende del sueño quiere jugar conmigo. No he terminado mi viaje y aún queda mucha sangre. Soy un buen guerrero y no abandonaré la batalla así nomás. Seguiré en esta lucha y dejaré, de una vez por todas, el mundo de los sobrios a los sobrios, hijos de puta.
Falta mucho para la medianoche y algo me dice, una vez más, que debo enfrentar a mi fantasma: voy a escribir. Tengo la costumbre de escribir pasada la medianoche cuando es luna llena. Pero hoy no es noche de luna llena. La verdad es que no hay más excepciones que esa de la luna llena para escribir. Es una cuestión de esperar que termine el caos y seguir mi ritmo. Escribo, por lo general, de noche mientras disfruto de una copa de vino tinto. El vino alegra mi corazón. El silencio de la noche me agrada. Escribo a veces sin escribir: las cosas están dando vuelta en mi cabeza. Hay un terrible borrador que corregir y ordenar; eso nunca acaba. Leo, sin embargo, cuando me da la regalada gana, hasta en noches de luna llena. Leo y me olvido de todo. Me olvido hasta de comer, de las clases en la universidad y de las citas con las amantes. También leo los mismos libros cuando no tengo un nuevo libro para leer. Esta actividad me resulta, a veces, extraña: hay algunos libros que cambian sus historias con el tiempo. ¿Algo ha pasado con esos libros? Nada, no hay un libro mágico aunque yo lo quisiera. Sin embargo lo hay si hacemos literatura, si vivimos en su mundo de infinitas posibilidades, sin nos dejamos llevar por sus aguas a ese país libre llamado li-te-ra-tu-ra. Entonces, ¿qué ha pasado? Yo he cambiado. Estoy más loco. Tengo más recursos. Me importa un pedo el mundo. Ya no sólo exploro el contenido, también me importa la forma. Tengo en cuenta esos dos elementos inseparables: forma-contenido. Disfruto de la forma de decir las cosas; de atrapar, en lo posible, al objeto y, poco a poco, a Moby Dick. Y, de ese modo, un libro leído puede ser otro libro nuevo que ha cambiado ante los ojos del nuevo lector. Sé que estas cosas le importan un pedo al lector común y corriente. No me importa. A la mierda los lectores de esa estirpe. Yo disfruto—o me torturo—buscando estructuras que no servirán de nada. De-nada-servirá. Y sé qué no quedará nada después de toda esta búsqueda. No me importa. Queda mi insoportable oficio que amo tanto. Queda mi sangre y mi sudor, mi locura y mi soledad. No queda nada, todo es temporal. Chao.

(Parte del relato JIM FUK YU)

(A la sirena de Larco, jamás habrá otra igual. La estatua de la sirena nudista reposaba, gloriosa, entre las intersecciones las avenidas Fátima y Larco, cerca a la iglesia Fátima, repito, cerca de la iglesia Fátima. Ella, desinhibida, mostraba sus senos, grandes y saludables, a cualquier individuo que tuviera la mente sana, libre de prejuicios, de manipulaciones tontas y de ortodoxia decadente. Mostraba, además, sus nalgas, descomunales, que eran la envidia de las beatas cucufatas y la tentación de los devotos calenturientos, pajeros a full-time. Recuerdo, hace varios años, la primera vez que la conocí. Era una tarde de esas, al filo de la noche, cuando caminaba solitario buscando sin buscar, extraviado, meditabundo, algún pedazo del tiempo perdido, algún recuerdo olvidado. Y la encontré, oh, en un momento sin tiempo, sin sístoles ni diástoles. Y ella, libre, me miraba. Y ella, natural, me cantaba. Y ella, prístina, me sonreía. Desde aquel instante, memorable, tuve mi diosa desnuda y bien alimentada. Entonces me convertí en devoto, sin compromisos ni monedas que ofrecer, de una reina desnuda que, a cualquier hora, me esperaba con sus pechos abiertos a la Luna, a Sol y a las estrellas. Muchas veces he peregrinado, alegre y sin dolor, conciente y sin sometimientos, ebrio y loco, hacía su morada urbana y sabía que la iba a encontrar dispuesta a mis ojos. Pero desde aquel momento que caíste, en plena avenida, como un ser mitad Venus y mitad sirena, también te ganaste muchos enemigos mitad idiotas y mitad huachafos, y fueron esos mismos imbéciles quienes te sacaron de tu reino. Sus argumentos: cojudeces de alto nivel. Que es muy potona, que su culo es muy grande, que es muy pechugona, que distrae a los taxistas pajeros, que da mala impresión a la ciudad, va contra las buenas costumbres, perturba a los púberes trujillanitos y que esto y aquello. Pura mierda, puras huevadas. Diablos. Se pone algo con muchas curvas y se tiene, entonces, monses moralistas reclamando. Sin duda, el imperio de la cucufateria contraatacó otra vez—todos pajeros de mierda—. Y ahora que van a poner ahí, un líder político o una virgen vestida con ropa de invierno en pleno verano. Pero todos aquellos que confabularon contra la sirena de Larco ya tienen doble maldición:

POTHA MORTHE CUCAFETHERE
CULONESIRI NEVA MORTHETHA
SHENORE VIVIRE AHLWHAYSER
PHAJERHOS TOU SUFRARHERHA

Repetirlo cuatro veces en noches de insomnio o en ayunas, siempre y cuando sea luna llena. Nunca la sirena morirá.)
Trato de ordenar algo mientras estoy sumido en el reino del desorden. Inútil. Nada está ordenado. Todo tiende al desorden. Hay extravío, hay caos. Hay mucha entropía. ¿Qué es entropía Dr. Boltzmann? Hay muchas cosas. Estoy cagado. El problema es la NO LINEALIDAD y yo nada puedo hacer mas que admitir que soy un ser jodido viviendo en un UNIVERSO NO LINEAL.
Siento, observo, pienso, ¿existo?, mierda.
Sigo caminando. Una noche más sobreviviendo, a penas, de los pensamientos y las imágenes. Intentando escaparme de mis demonios y pesadillas. Absurdo. No se puede escapar de nada. Las imágenes tienen vida propia como los números. Siempre hay algo que te esta persiguiendo. Siempre hay algo en qué pensar. Hasta la nada es una cosa abstracta que uno lo tiene metido en la cabeza como una aguja punzante y fastidiosa. Hasta la nada es algo. Su ser es no ser nada. Su contenido es no contener nada y, de esa manera, contiene algo, algo que no es nada. Puta madre, qué estoy diciendo.
Me-estoy-volviendo-loco.
Ahora observo algo concreto. Muchas cosas.
(Parte del relato JIM FUCK YU)

ENGRANAJE


Juan Carlos se despertó, como de costumbre, poco antes de la seis. Miró su habitación por un instante: siempre limpia, siempre ordenada, inmutable, con el mismo aspecto y silencio de todos sus amaneceres.
Otra vez, otra vez… existir, no vivir.
Con el amanecer llegaba también la rutina. No había lugar para la resignación. Había que levantarse y continuar. Nada más.
Mi sueño, mi sueño misterioso.
El tiempo transcurría y Juan Carlos, una vez más, se incorporaba a la realidad que había aceptado sin aceptar a través de los años, que ya eran muchos, de su vida de hombre casado y rico.
Suspiro lentamente. Intento en vano recordar mi sueño. Mi sueño extraño. Estaba desnudo frente a dos mujeres hermosas y…no puedo recordar más.
—Hoy es lunes y hay que ir a trabajar comme d’habitude—dijo Juan Carlos en voz baja. Quería decir: otra vez carajo. Sin embargo, no lo dijo. Se calló una vez más.
Hoy es un día más viejo el mundo. El mundo, el mundo. Hoy es un día más en mi vida. Mi vida. Hoy alguien nace, alguien muere, alguien jode. Nada, sólo vacío. Vacío. Todo vacío. Voy a levantarme ahora, debo hacerlo. Sí, debo hacerlo. Trabajar, trabajar, trabajar. Como casi todos los días de la semana me despierto poco antes de la seis, la seis. El despertador me recuerda mi rutina: el trabajo en la oficina. La oficina. El cielo gris del invierno puede verse por mi ventana. El cielo lúgubre. El cielo panza de burro. El cielo triste, triste. Sin embargo, es primavera. Primavera. Al menos eso señala el calendario. Es que, dicen los científicos, el clima ha cambiado en todo el mundo y ésta contaminada ciudad no tenía porque ser la excepción. El mundo. El mundo se esta jodiendo. Al mundo le están jodiendo. El mundo.
Se levantó de su cama, dio algunos pasos en su habitación. Luego miró por un instante, y en silencio, a su esposa, Soledad, que dormía profundamente a un lado de su cama.
Su sueño es hermético. Su semblante me parece tan extraño ahora o son los años que han pasado por su piel. Su piel espuma. Espuma. Su piel bajo mi piel. Sus cabellos, su sonrisa, sus ojazos, su silencio. Mentira. Ahora es una rubia teñida. Su rostro ha adquirido aquella similitud de todos los rostros tratados quirúrgicamente. Era eso y nada más que eso. Ya no existe aquella jovencita très chic que le gustaba estudiar francés ni aquel susurro exquisito que me decía al oído cuando hacíamos el amor: je t’aime, je t’aime, je t’aime...Sí, mi matrimonio es un infierno. El infierno es el matrimonio. Un infierno. Infierno. Ya no hacemos el amor ni tampoco tenemos sexo. Sexo. Cosas muy diferentes. Yo quiero, ella no quiere. Ella quiere, yo no quiero. Ambos no queremos. Dios. Diablos. Dios-Diablo. Diosdiablo, ¿qué nos ha pasado?
Juan Carlos se va al cuarto de baño a…ducharse.
El agua está tibia, tibia como el cuerpo de Maria. Disfruto de mi ducha y me masturbo pensando en Maria, mi nueva secretaria. Mi secretaria. Ma-ri-a. Recuerdo unas cifras del estado financiero de la empresa. Soy el gerente. Al diablo todo eso. Ahora sólo pienso en el perfecto culo de Maria. Me olvido de la empresa. Pienso en el gran trasero de Maria una y otra vez. Maria, Maria, Maria. Imagino tu vagina roja, rosada, violeta, pink, marrón, púrpura, rouge, red, algo rosada, súper chic, algo roja, húmeda, sauvage, cálida, salada, very hot, bien rasurada, beautiful.
Juan Carlos sigue en el baño.
Hubiera preferido no despertarme hoy. Nunca. Seria mejor amanecer en una isla con esos hombrecitos atándome como en los Viajes de Gulliver o, mejor aún, reviviendo otra pesadilla kafkiana. Así, entonces, algo nuevo hubiera ocurrido en mi vida. Sí, algo nuevo. Algo nuevo.
Juan Carlos sigue en el baño.
Mi semen se escurre por el desaguadero. Miró el jabón. El jabón está envuelto con mis cabellos. Cabellos y vellos. Son mis cabellos, mis cabellos y mis pendejos. Sí, mis cabellos y pendejos. Merde. Esa imagen del jabón peludo ya me es familiar: me estoy volviendo calvo. Merde.
Juan Carlos terminó de ducharse. Ahora observa su rostro en el espejo, un rostro lleno de insatisfacción. Va afeitarse.
No sé qué pienso mientras me pongo la espuma de afeitar. Trato de no pensar en nada, pero no puedo. No puedo. Me miro al espejo y me doy cuenta, una vez más, que mis dientes amarillos resaltan más cuando tengo la espuma de afeitar en mi rostro. El espejo, el espejo, el espejo. Mi reflejo. Sí, lo admito, fumo bastante y eso es el precio que hay que pagar, además del cáncer al pulmón, por el placer de un fatal cigarrillo. Mientras me afeito tengo mucho cuidado en no cortarme. Cortarme. Quizás sean el único cojudo, en estos tiempos, que se afeita con una navaja. Navaja. El acero es frío y afilado, está en sus manos mi vida por unos segundos. To be, or not to be, that is the question. El acero es frío y afilado. Afilado. Termino de afeitarme. Me miro al espejo otra vez. El espejo. Mi reflejo. Me echo un poco de colonia en mi rostro, un regalito que trajo mi esposa de su último, y costoso, viaje a Paris. Paris es una puta bien cara. Una puta bien cara.
Juan Carlos sale del baño. Entra en su habitación. Su esposa sigue durmiendo y él la mira por unos instantes. Después mira su reloj despertador—6:38 a.m. — que está sobre la mesa de noche. Deja de mirarlo, y ahora abre su closet. Escoge un terno negro y luego una corbata que combine con su camisa blanca.
Al diablo con eso, cualquier color estará bien. Me quedo en silencio. Silencio. Silencio. Hago lo que tengo que hacer casi mecánicamente: vestirme.
Juan Carlos coge su reloj de pulsera de su mesa de noche y sale de su habitación. Baja unas escaleras alfombradas y se encuentra en su sala. Mira un cuadro, digamos “abstracto”, firmado por Tola, que compró en una galería limeña el año pasado y que cuelga en la pared de su sala. Se siente orgullo de su costosa adquisición. Luego se dirige al comedor y encuentra el desayuno servido. Mira su reloj, un rolex—6: 56 a.m.
El desayuno está servido como siempre. La cocinera sabe muy bien de mi rutina como de mis gustos para desayunar: Tostadas, mermelada de fresa, tocino, queso fresco, café con leche y un vaso de jugo de naranja.
Juan Carlos disfruta el desayuno mientras lee el periódico. Lee los titulares: “Accidente de transito deja siete muertos; Magistrados corruptos serán juzgados y La pobreza aumenta en el interior de país.”
Al diablo todo eso. Veo las cifras de la bolsa, nada nuevo o nada que me preocupe. Deslizo algo de mermelada en mi tostada. La saboreo. Está deliciosa, deliciosa. El tiempo ha sido una flecha, indiferente y fría, que viaja siempre conmigo como si fuera mi sombra.
Juan Carlos mira su reloj: son las 7: 05 a.m.
No sé, pero qué es esa terrible manía de medir el tiempo, de ponerlo todo en su lugar y tener una función determinada. Me aterra no saber el secreto y me aterra saberlo también. Sí, me aterra. ¿Cuál demonio o gran jugador maneja esta máquina?, esta máquina que sigue una autopista oscura sin saber a dónde nos llevará y cuando acabará, ¿cuándo? Sí, la competencia, ese asunto común a todos de mi especie…sólo la apariencia vive en mí, el disfraz eterno, nada más…nada. Soy un hombre rico. No es soberbia decir eso; es, ante todo, una terrible realidad. Tengo una esposa que para de compras todo el día y me dice a diario, esa frase que odio tanto: me voy de shopping, darling. Pero, al menos, comprando sus chucherías en los malls ella libera algo de su angustia. Mi esposa no sabe muchas cosas mías, como por ejemplo que tengo una amante. En realidad, desde hace muchos años, ya no me importa lo que hace mi esposa con su vida. Creo que es lo justo. Mi esposa, también, tiene su amante: un universitario de mierda llamado Jim, sólo eso sé de él, aunque puedo saber más, pero no me importa los asuntos de mi esposa desde hace mucho tiempo ni las cosas que hace con ese pobre huevón . A veces pienso que la vida de mi esposa gira en torno a sus revistas de moda—porquerías ilustradas—, la cirugía estética— yo pago la factura y ya he perdido la cuenta de todas sus operaciones—, sus píldoras de colores—llamada, irónicamente, happiness pills— sus cosméticos; ir al spa; salir de compras y cumplir sus fantasías reprimidas de juventud con su puto y adolescente galán que le mantiene con mi dinero. Lo sé todo y no me importa.
Juan Carlos mira su reloj: son las 7: 21 a.m.
Dios, Dios, Dios. La sociedad de consumo ha llegado a ella como un cáncer lleno de publicidad parasitaria. En el fondo de todo este asunto, ella y yo, somos la misma cosa. La misma cosa. Piezas metálicas de una máquina. La vida de ella, y la mía, es una completa esclavitud. Esclavitud. Leo la sección relax del periódico. Sexo. Sexo. Sexo. Disminuye las ofertas de trabajo y aumenta la prostitución. Sexo. Sexo. Sexo. Dicen que soy un hombre de éxito, ¿qué es un hombre de éxito? Al final del camino sólo soy polvo, polvo. Mis empleados, pobres diablos, me sobonean todo el día. Mis hijos ven en mí un ejemplo a seguir y quieren tal y cual cosa, un auto por ejemplo. Soy un buen padre y les hago su gusto; pero ellos no saben que consumo cocaína. Sí, y de la buena. Mi amante, Celeste, la más antigua y bien puta, dice que soy un bombón. Qué mentira más absurda. Soy un viejo que se cae a pedazos. A mi edad, 52 años, no puedo pensar que ella está enamorada de mí. Sería ingenuo y ridículo pensar eso. Ella sólo quiere mi dinero y eso lo tengo bien claro. Y yo, pobre huevon, se la doy como el departamento y el auto del año que le regale. Money, money, money. Recuerdo cuando la conocí. Fue en una entrevista de trabajo en la empresa. Ella traía su incipiente currí-culo. Yo le di el trabajo. Tenía un buen trasero que valía más que un doctorado y una de esas huevadas de moda llamada MBA. Lo sé ahora, soy un triste viejo verde, verde, verde. A dirty old man. Pero el coño salvaje de Celeste es mío como la beautiful vagina de Maria. Tengo dos lindas vampiresas. Money, money, money. Celeste se irá al país de los gordos para realizar, dice ella, su american dream. Quizás sea una tremenda puta en Las Vegas. No debo ilusionarme con ella ni, mucho menos, pensar que me ama. C’est la vie. Además, si ella se va, Maria ocupará su lugar. En realida Maria ya comparte el lugar de Celeste sin problemas. Maria uses her sex appeal to get whatever she wants.
Juan Carlos mira su reloj otra vez: son las 7: 34 a.m.
Han pasado muchos años para poder resumir mi vida en pocos verbos. Levantarse, bañarse, comer, trabajar, gastar, comer, trabajar, cagar, tirar, comer, gastar, tirar, dormir, levantarse. Soy un engranaje algo gastado y ajustado por tuercas que desconozco, pero todavía útil al sistema. Un engranaje gastado. El tocino estuvo delicioso y miro, discretamente, el buen culo de la cocinera. El culo de la cocinera. Pero ella tiene un rostro de caballo. Caballo. El tiempo corre como una flecha. Una flecha. Tengo que ir al trabajo, mi chofer me espera.
Juan Carlos mira su reloj: son las 7:45 a.m. No acaba el desayuno y sale de su casa al trabajo.



El año pasado del año pasado del año pasado, por el mes de noviembre, cuando te conocí en las clases de francés, tuve bastante OCIO— lujo escaso en estos tiempos modernos—para leer y escribir lo-que-me-da-la-regalada-gana y olvidarme de los amores pretéritos jamás olvidados. En realidad, por esos tiempos, la universidad (UNT), comme d’habitude, estaba en huelga indefinida otra vez y yo, (in)felizmente, tenía todo el OCIO INDEFINIDO del mundo para hacer lo-que-se-me-da-la-regalada-gana. Todo era chévere por esos tiempos-de-lecturas-ocio donde había leído más libros de lo acostumbrado: The Moment of Creation de James S. Trefil, I WANT TO BE A MATHEMATICIAN de Paul R. Halmos, The Martian Chronicles y Fahrenheit 451 de Ray Bradbury, Eugenia Grandet de Honore de Balzac, A Clockwork Orange de Anthony Burgess, The Two Mrs. Grenville de Dominick Dumme, Teoría General de los Sistemas de Ludwig von Bertalanffy, Rashomon de Ryunosuke Akutagawa, Somebody’s Done for de David Goodis, Breakfast at Tiffany’s de Truman Capote, A Modern Utopia de H. G. Wells, Los siete locos y Los lanzallamas de Roberto Arlt, The Kon-Tiki Expedition de Thor Heyerdahl, Gödel, Escher, Bach: An Eternal Golden Braid de Douglas R. Hofstadter, El Golem de Gustav Meyrink, American Psycho de Bret Easton Ellis, The Nature of the Universe de Fred Hoyle y otros más. También, digamos, estudié alguito: los-libros-de-mis-cursos-auto-didác-ticos-bien-ché-veres-sin-costo-alguno-y-súper-libres-y-por-la-rega-lada-gana-y-por-el-amor-a-la-bella-matemática-y-sin-profesores-aburridos-corruptos: Number Theory in Science and Communication (Manfred R. Schroeder) y The Little Book of Bigger Primes (Paulo Ribenboim). Natalia, espero no aburrirte con mis asuntos. Ya me estoy saliendo del tema-love. Pero es que a veces soy muy volado y estoy, como se dice, en otro planeta. Me olvido de las cosas más elementales por estar pensando en cosas no muy elementales. Sí, tienes razón, eso de que soy distraído de nacimiento no me lo quita nadie. A veces cruzo una avenida como si estaría en un desierto y si no me ha atropellado algún auto o camión, es porque tengo algo de suerte o las probabilidades están de mi parte. Lo vez, estoy loco. La vez pasada estuve hablando en francés en las clases de inglés y en otra ocasión estuve hablando en inglés en las clases de francés. Putamare. Y otras veces en francés-inglés-español en las clases de francés. Putamare. Una vez dije el nombre de otra chica, Melissa, cuando estuve haciendo sexo con mi chica alguna vez—ahora es mi ex chica y no me quiere verme ni en pintura—aprovechando que mis suegros potenciales se habían ido de viaje. No sabes, Natalia, todo el lío que se armo: ella—la ex— sacrificó mi camisa nueva John Holden y mi jeans Levi Strauss bamba lo botó por la ventana y terminó en una calle de la urbanización Primavera cuyo nombre no me acuerdo pero si estoy seguro que tiene nombre de un músico famoso. Terminé, Natalia, casi calato en la calle, sin mencionar el número indeterminado de tremendas cachetadas que me obsequió la susodicha. Como vez, pequeña, una sola palabra puede ser peligrosa: Melissa. Una sola palabra abre la puerta de otra dimensión, duele.
¿Qué dices querida Natalia? ¿Qué soy un desgraciado y despistado total?
Quizás sí, pero hay una posible explicación que puede, creo, ser razonable: el estilo de como la ex se quejaba, mientras teníamos sexo, se parecía mucho al estilo de Melissa.
¿Qué dices querida Natalia? ¿Qué soy un perro distraído en todo?
Es cierto, me da igual si es de día o es de noche, o si los horarios de las clases, en la UNT, estarán de acuerdo con mi preciado OCIO, el mismo OCIO que aprovecho para escribir, leer o leer-escribir o escribirleer—que no es lo mismo—y asistir a las inútiles tertulias con los amigos de la cofradía de lectores compulsivos. Sí, es cierto, no he asistido a clase muchas veces, Natalia. Pero debes comprenderme, a veces uno tiene en manos un libro exótico y pasa una velada agradable disfrutando de la lectura y te olvidas de todo, inclusive de la Universidad y sus ratas académicas de saco y corbata, y lo que quieres es seguir saboreando el libro, sumergirte. Hay que entender BIEN eso de saboreando el libro sin pensar en comida. Además, pequeña, pierdo mi tiempo escuchando a los cat(r)edráticos que no les gusta—o no pueden—SABOREAR. Se preocupan por engrosar su CV pero no su cabeza. Se enorgullecen que sus estudiantes tengan bajas notas para que uno se piense, dizque, que su curso es difícil. Comprenden—casi nunca—y digieren—lo vomitan— en años los problemas tipo de sus asignaturas y proponen esos mismos problemas en los exámenes para que el estudiante lo resuelva en minutos. Son expertos en la investigación de buscar problemas tipo. Les gusta hablar de la metodología de la investigación científica y todo se escucha bien bonito, sin embargo, es fácil hablar de la guerra pero otra cosa es estar en la guerra. Sí, ese asunto. No tienen facultades buceadoras. No saben aprender-desaprender-aprender-desaprender-aprender… (des)aprender. Esquivan los huesos duros de roer de algún tema. Se aprenden esquemas de silogismos, trozos de pensamientos ajeno-difusos y algoritmos salvavidas de memoria. Nunca intentan pararse sobre sus propios pies—les produce nausea—. Ya no leen. Tienen miedo de cometer errores (error + error + error +…+ error = éxito) y, en su reemplazo, escogen la charlatanería. Se preocupan más por formar sus grupos políticos—son unas verdaderas mierdas de la política a escala “U”— que en formar verdaderos pensadores. Sólo ven una manchita en la hoja, nunca la hoja ni la rama ni el árbol ni el bosque ni mucho menos la selva. Tienen la mala costumbre de convertir lo bello en horrible. Enseñar, creer, dar examen; eso es todo. Hay, también, una cierta arrogancia y esnobismo de decir—o escribir— frases como es fácil de ver, después de cálculos rutinarios, es trivial, etc. Pero todas esas cosas, evidentemente, se ven fácilmente después de años de pensamientos y luego de llenar hojas de formulas para entender algún asunto tedioso. Las cosas, obviamente, nos parecen rutina después de mucho tiempo y luego de haber digerido con cierta dificultad algún objeto. Los problemas nos parecen intuitivamente más obvios después de décadas. De modo que esconder, premeditadamente, algún asunto detrás de una cosa y exhibir un discurso arrogante, no muestra más que una decadente enseñanza y una total mediocridad.
Termino todo esto, Natalia, para reponerme de todo ese aire enrarecido, decadente, de la “U”, citando una frase del matemático G.H. Hardy:
BEAUTY IS THE FIRST TEST: THERE IS NO PERMANENT PLACE IN THE WORLD FOR UGLY MATHEMATICS.
¿Qué dices Natalia? ¿Qué no respeto a mis profesores? ¿Qué falto a la envestidura de los honorables decanos e ilustres rectores? Merde, merde et plus merde. No vale la pena recordar cosas que se pudren. Te puede decir que la “U” es como la guerra de las galaxias: hay los malos y los buenos—el lado oscuro—. Aunque, con frecuencia, los buenos se pasan al lado oscuro por ciertos intereses—generalmente el dinero— y se convierten en seres abominables y monstruosos: estudiantes y profesores que se venden por monedas. Se llega al estado de nadie sabe para quien trabaja. Y lo peor de todo que estos seres sienten cierto orgullo nauseabundo de pertenecer al grupo, nada anónimo, de los famosos y flamantes corruptos. Así tenemos, pues, toda una lucrativa confraternidad con su propia cultura— de la corrupción— y sus normas decadentes y putrefactas de conducta. Generalmente, desde la óptica de un individuo que no pertenece a la comunidad universitaria, se cree que el rector, los vice- rectores, los decanos, el consejo universitario, el tribunal de honor y los jefes de los departamentos académicos y catedráticos están rodeados de cierta aura académica-intelectual-prístina. Tremenda mentira. Por lo general llegan a esos puestos los más pendejos, los que han conversado y negociado bien, los que más sobornaron y tranzaron, adecuadamente, como repartir la torta llamada “U” para que todos estén felices. Hay, querida Natalia, toda una historia undergroud. Así que todos esos discursitos bien adornaditos de lindas palabritas, esas ceremonias donde lucen sus rostros hieráticos o afilosofados, esas medallitas brillantes y bonitas que les gusta lucir, esas reuniones solemnes del consejo universitario, esa mano en el pechito mientras cantan el himno nacional, los nombramientos-arreglos de doctor in horror y causa, las protestitas-teatrales con muchos estudiantes que no saben—o lo saben— que son carne de cañón o tontos útiles, no son mas que el oropel dorado o el bonito papel de regalo para envolver la mierda Sí, claro, puede ocurrir que alguien o un grupo proteste. Pero, por lo general, no protestan para denunciar actos de corrupción—aunque lo parezca—, sino, en esencia, protesta porque no le dieron la tajada de la torta, es decir, no forman parte del mundo feliz o, en palabras de ellos, les sacaron del círculo político, más exactamente, ya no recibirán plata. Así que, señores corruptos, NO SE HAGAN LOS LOCOS. Si algo de esto, Natalia, te parece similar a la clase política actual, no es pura casualidad.

(Parte del relato ''Gente extraña'')

Esto no esta funcionando Natalia. Se supone que debía escribir una historia de amor. Pero nada de nada. Todo sigue igual. He escuchado, inclusive, las baladas de amor del gringo Bryan Adams, Heaven y Everything I Do, para ver si me sale alguito, alguna frasecita del bobo, pero lo único que me salió fueron pedos. Hasta he intentado—qué roche decir esto— con las canciones románticas de Luis Miguel y, lo peor de todo, que me he torturado-escuchado—no se lo digas a nadie por favor, Natalia— a Ricky Martín con su Tal vez y Vuelve. Pero fue tanta mi desesperación que también he llegado a los límites de la autoflagelación: escuché al crespito bailarín David Bisbal (no me acuerdo qué música) y a Enrique Iglesias (experiencia religiosa y sus cosas del amor). La verdad, Natalia, que después de escuchar a todos esos cojudos mi prosa se esta pareciendo algo así a un estilo color arco iris. Pero todo esto no me esta gustando nada. Ni cagando haría suspirar a una quinceañera con mis historias. Quería hacer algo que tuviera un sabor a TRUE LOVE WAITS, pero nada. No estoy satisfecho con lo escrito, Natalia. Esta historia es tan falsa como un filme norteamericano donde las escenas de orgasmo son adornadas con gritos. No me gusta nada.Pero a ti, Natalia, no te gustaban todos esos idiotas que encontrabas, sin quererlo, en las fiestas de la alta s(u)ociedad. Todos te desnudaban con los ojos y se embobaban mientras trataban de ser, inútilmente, aspirantes a Romeo. No te gustaban todos esos chicos presumidos que hablaban una y otra tontería, que tienen esto y aquello, que son esto y aquello. Todos te parecía mierda envuelta en ropa cara. Te parecían bien pobres y falsos, te parecían seres shoping-shoping-shoping viviendo en una s(u)ociedad material girl & material boy, una s(u)ociedad donde Dios ha muerto a pesar de tener muchas iglesias y devotos. Y entonces ocurrió. No te conquistó ningún Romeo, te conquistó Julieta y abriste otra vez las puertas de tu corazón—y de tus piernas—a un nuevo Romeo que era Julieta y conociste un nuevo sabor que producía exóticos aletazos de mariposas dentro de tu vientre. Pequeña, pequeña, pequeña. Añadiste nuevas vivencias a tu vida y a tu piel: pinceladas de manos suaves, aromas intensos y suspiros compartidos, latidos cerca de latidos, besos sempiternos y caricias electrizantes. Soñaste sueños húmedos, líquidos, de flor a flor, de pétalo a pétalo, de piel a piel, de rosa a rosa, de luna a luna, de musa a musa, de fuego a fuego. Quizás, pequeña, aceptaste a tu Julieta mientras esperabas a tu Romeo que nunca llegaba. O talvez, y esto puede sonar cursi, otra forma de amar llenó el espacio inmenso de tu corazón o, simplemente, era un juego de piel, una exploración dulce en la arena ignota y cálida de algún paraíso irresistible, adorable; en fin, algo natural. Y salías con tu Julieta de look andrógino a la discoteca Mecano, donde antes era el Banco Latino, cerquita de la Casa Mayorazgo de Faralá, en la calle Gamarra, la misma calle donde se puede encontrar putas viejas y baratas. Nunca, sin embargo, te gustó ese lugar, pero estabas ahí para complacer a tu Julieta. Ese lugar ostentaba el record de contener, en una noche, el mayor número de idiotas que, queriendo imitar lo modales de los pituquitos de mierda, sólo copiaban sus ridiculeces y, si había pituquitos, éstos eran igual de ridículos. Ahí podías encontrar al chico marca Quiksilver—tenía la camisa, el pantalón, el cinturón, el reloj, las zapatillas, la billetera, el perfume y también el culo Quiksilver— y otros chicos-marcas a menudo bambas...

(Parte del relato ¨Gente extraña'')

Yo me he olvido, a veces, del tiempo, Natalia. Eso ocurre cuando escribo, cuando me da esa cosa rara de escribir sin pausa, olvidándome de los puntos y comas, de la ciudad y del mundo, viviendo en mi galaxia personal. Es una sensación increíble, pequeña. También ocurre lo mismo cuando leo y tengo sexo con la madame. Los despreocupados lectores me entienden el asunto. Debo evitar, además, esa mala costumbre mía de estar contándote mis intimidades. Me olvido, sin embargo, que todas esas cosas no se deben hablar frente a una dama como tú: la única chica que soporta mis locuras. En este momento, chévere, me gustaría tomar una taza de café contigo mientras tú comes esas donas que te encantan mucho como también a Homero Simpson. Una conversación contigo en invierno me haría olvidar el invierno de cielo ceniza-panza-de-burro o, que es lo mismo, de panza-presidente-de-la-república. Quizás, Natalia, tengamos una buena tertulia. Quizás quieras conversar sobre la ayahuasca, la onicomancía, Bauhaus, los cuadros de la pintora peruana Tilsa Tsuchiya, o sobre el Feng Chui y la arquitectura. Talvez sobre esa escultura de Victor Delfín que viste en el balneario de Huanchaco, esos dos pececitos de metal que te recuerdan a la pose 69, o conversar sobre queer theory: tema demasiado open-minded para la sociedad cucufata peruana. También podemos conversar sobre la vida de las grandes mujeres matemáticas; como Hypatia of Alexandria[1], Emmy Noether—la madre del álgebra moderna, según Irving Kaplansky—, Sonya Kovalevsky—cualquiera que estudia PDEs escuchará ese nombre—; que callarían la boca a cualquier monsieur J.T. Maston. Te encantaría mucho, Natalia, escuchar la historia del matemático indu, the wonder from Kumbakonam, SRINIVASA RAMANUJAN (1887-1920) —Ramanujan used to say that the goddess of Namakkal inspired him with formulae in dreams— y, de paso, te cuento algo del físico indio Subrahmanyan Chandrasekhar, “Chandra”. No sé Natalia, contigo siempre hay una variante de infinitas posibilidades. Puede ocurrir que diga, cuando acabe mi café, y observe mi taza vacía y una de tus donas, lo siguiente: mi taza es, topológicamente hablando, igual tu dona. Los topólogos me entienden el asunto. Quizás te aburra con mis ocurrencias topológicas. Talvez te cuente que en la parte también está el todo, o te diga que un átomo forma parte de un universo y el universo forma parte de un átomo o, quizás, te explique el asunto de los números naturales y los números naturales pares, así:
1----2, 2----4, 3----6, 4----8, 5----10, 6----12, …, n----2n,…
Y luego te diga que hay tantos números naturales pares como tantos números naturales existen. Si te hubiera explicado primero el concepto de función el asunto, Natalia, estarían más claro.
Pero dices, Natalia, que la parte es menor que el todo. Sin embargo, en la parte también está el todo. ¿Cómo conciliar esas ideas? ¿Cómo hacer convivir al gato y al ratón en una misma casa? Ideas, ideas, ideas.
Quizás, Natalia, me digas: qué diablos tiene que ver la dona con la taza, fumaste algo antes de venir, Jim. Y entonces nos reímos a carcajadas y lo pasamos bien bacán. Es seguro también que me quedaría en silencio por un momento escuchando atentamente lo que dices, Natalia. Pero mentira. Te escucharía sin escuchar. Mi mente estaría en otro lado, ¿dónde?. Estaría, quizás, pensado que no sé nada de música mas que do-re-mi-fa-so-la-si; que mis conocimientos en astronomía se limitan a que el cometa Halley pasó en 1986 y el cometa McNaught en el 2007; que existe las Leyes de Kepler para el movimiento de los planetas y el proyecto SETI para búsqueda de civilizaciones extraterrestres; y, bueno, algunos modestos conocimientos matemáticos, especialmente teoría de números. Es decir, con tales escasos conocimientos, ni cagando hubiera podido entrar, en su tiempo, a la Sociedad Pitagórica. Pero sigue la flecha del tiempo. David Hilbert announces his list of mathematics problems for the 20th century (1900). Lebesgue develops his theory of integration! (1901). Emmy Noether presents her ideas on the role of symmetries in physics (1918). Sigue la flecha del tiempo. Kolmogorov publishes General Theory of Measure and Probability Theory (1929). Kurt Gödel publishes his incompleteness proof (1931). Olga Oleinik publica Discontinuous Solutions to Nonlinear Differential Equations, una etapa importante para la física matemática (1957). Kolmogorov establishes the branch of mathematics know as Kolmogorov complexity (1965). El geofísico Jean Morlet desarrollo un nuevo tipo de análisis basado en lo que hoy se llama wavelets (1975). Ingrid Daubechis desarrolla los fundamentos matemáticos de la teoría de los wavelets (1989). El matemático Andrew Wiles publica la primera prueba del último teorema de Fermat (1995). Sigue la flecha del tiempo. Manindra Agrawal, Neeraj Kayak y Nitin Saxena crean un elegante algoritmo para determinar si un número es primo (2002). Además, hace algunos años; los matemáticos, algunos verdaderos locos; sufrían de poincaritis. Ya no más. Grigory Perelman encontró la vacuna (2003). Sé que hay muchos omitidos. Excusez-moi, s’il vous plaît. Sigue la flecha del tiempo.
Increíble. Han pasado muchos siglos y los pitagóricos siguen teniendo razón: todas las cosas son números. Nuestra época, en particular, es del tipo:
001011110101001111101110110111001101111001011001000101110001100100001101110110111101100110000011000000111000110011110111111110011001101111100001001000001110101011111001100110100010
000000110001101100110110011010101111001101101000001100110010
110011001110010011000001110010110000110010010111010011001101
001100110001101101110011001100010011001101110000101101010101
010110010110010110001100110011100100110010011110000110110110
Los matemáticos, o los científicos de áreas afines, me entienden el asunto de la época ceros y unos. También hay que recordar al gran gigante, Galileo, en cuyos hombros Newton, el alquimista, se apoyó, y dijo esta frase gloriosa: LA NATURALEZA ESTA ESCRITA EN LENGUAJE MATEMATICO. Desgraciadamente, los asesinos-teólogos-católicos de la “santa” inquisición encerraron a Galileo durante diez años, imposibilitándole sus valiosas investigaciones. No cuento más de los horrendos crímenes que cometió la “santa” inquisición católica. Todos esos crímenes volverían loco al mismísimo demonio. ON NE NOUS DIT PAS TOUT.
[1] One of the most dramatic ways in which a mathematician could be affected by religious change is exemplified by the death of Hypatia of Alexandria, who taught philosophy and mathematics. She was lynched by Christian mob AD 415, for reasons that probably had to do with her being educated, politically visible, pagan woman. S. Cuomo. Ancient Mathematics. Routledge, New York, 2001.

(Parte del Relato ''Gente Extraña'')

Pero tú sigues más bonita que nunca, Natalia. Ya descubriste, además, las lecturas amadas de RAYUELA—capítulo 7 y 32— y hasta La vida exagerada de Martín Romaña preocupándose por sus cinco bultitos (cojudeces hipocóndricas) mientras te cuenta (sentado en un sillón Voltaire), con cierta nostalgia-divertida-de-la-puta-madre, y acompañado por el oído espectral de Octavia, los recuerdos de su vida, allá en Paris, por los tiempos de Sartre—«Sartre, sois clair, sois bref»—, donde la ville lumière ya no era una fiesta al modo Hemingway, sino el escenario de una tremenda protesta de estudiantes revoltosos más lecturas abundantes de Reich-Marcuse-Bourdieu-et-autres más tener huevos por supuesto. Pero tú, Natalia, sientes que tienes una divertidísima conversación con el orejudo de Alfredo Bryce, más su corbatita michi incluida, mientras lees sus libros y piensas, además, que el Paris actual (de Sarkozy) es una puta bien cara donde sólo puede vivir Alan García con paseos al sur de Francia incluido.
Te ríes mucho y eso, pequeña, es bueno. No te importan todos esos cojudos que joden a Bryce por tener el síndrome crónico del bardo. Lees y lees, escribes y escribes, Natalia. Te sientes como la Maga a veces y quieres escribir una carta a Rocamadour. Quieres que vuelva, de nuevo, el fenómeno del niño para que llueva en Trujillo y puedas exhibir tu paraguas que no tienes o salir a caminar por la calle San Martín, cos esas caderitas tuyas, esperando encontrar un Pont des Arts. Sólo a ti, Natalia, te pueden pasar esas cosas cuando lees libros. Quieres que el cielo gris de este invierno gris sea como el cielo de Gauguin, rojo. Te quieres olvidar, también, de todo ese asunto broken heart. Olvídalo. Sueñas en conocer mucha gente y viajar por el mundo, Natalia. Por ejemplo: viajar por Paris y conocer en un bar de mala muerte a Charles Baudelaire y emborracharte con él, ir a Macondo y tomarte una foto con José Arcadio Buendía para el recuerdo, caminar al lado del caballero de la triste figura en algún lugar de la Mancha cuyo nombre debes acordarte y ver que tan flaco era Rocinante, visitar Spriengfield y divertirse con las ocurrencias de Homero Simpson y las travesuras de Bart, viajar por la Tierra Media y sacar tu lengua—hazme ese pequeño gran por favor, Natalia—para burlarte del desgraciado Mordor, perderte como Alicia en el País de las Maravillas—¡BIENVENIDO AL MUNDO DE LAS MATEMATICAS!— y preguntar al lindo gatito, Cheshire Cat, que se encuentra sobre la rama de un árbol, lo mismo que preguntó Alicia:
—Would you tell me, please, which way I ought to walk from here?
—That depends a good deal on where you want to get to—said the Cat.

(Parte del Relato ''Gente extraña'')

Te lo dije Natalia. No me gustan las historias de amor. Me salen graciosas mientras yo creo—me engaño—que son muy románticas. No soy un buen cocinero para obtener sabores tipo love, quemo hasta el agua-tinta o abuso de los condimentos-figuras literarias más exóticos hasta por gusto. Me salen súper cursis los galanes, casi maricones, y terriblemente cucufatas las musas que, sin darme cuenta, termino convirtiéndolas en tremendas putas. Mis personajes son como esos sitios de internet: en construcción. Mi carácter se vuelve insoportable mientras intento crear una historia de amor. Me aíslo del mundo y me olvido de los amigos porque ellos ya se han olvidado de mí. Yo creo, sin embargo, que la causa principal, de mi carácter insoportable, es porque siento que estoy perdiendo mi tiempo con estas historias-huevadas-love. Recuerdo lo que me dijo mi abuela, hace muchos años, cuando me encontró leyendo un libro de Melville en mi habitación: la LITERATURA, hijito, es muy peligrosa a veces. No le hice caso aunque sabia que tenía razón. También pienso que no me puede salir nada romántico mientras la madame me este chupando Le Pénis-Henry-Miller casi todos los días: ella lo agarra, lo mira con las cejas en alto, hace un monólogo interior a su estilo, saca su lengua impúdica para lamerlo, lo emboca con una maestría—o doctorado—que ha adquirido con los años mientras yo siento su boca húmeda-cálida-dinámica devorando si devorar a su erguido entrevistado. Ella lo saca y lo mete en segundos en su boca, cree haber encontrado una comunicación fluida—o de fluidos— tipo Lewinski en el gran despacho oval-oral. ¿Cómo puedo escribir algo romántico, Natalia, con todo ese asunto bouche-madame en acción? Ya lo he intentado dejar muchas veces, pero no funciona. No puedo prohibir eso a la madame, ella sabe cómo convencerme: tiene sus secretos-indiscretos-de-bouche-mécanique. En realidad me hechiza, completamente, y yo me dejo llevar como un cojudo. Debo, además, admitir que ella lo hace de una manera es-pec-ta-cu-lar. Ella tiene muchas maneras de hacerlo y nunca ha caído en la rutina, digamos, oral. Es rico. El asunto-efecto es que, por ejemplo, puedo escribir treinta páginas en un día y trois jours plus tard, con cierta satisfacción, destruyo todas esas páginas perniciosas triple equis d’amour por el placer, extraño, de sólo destruirlas. Siento, entonces, que toda mi galaxia ha explotado o que un agujero negro lo ha devorado. En fin, las historias love me salen very ugly, darling.

(Parte del relato ''Gente extraña'')

Sí, tú lo amabas demasiado—al menos eso decías cuando estabas muy enamorada de él, es decir, enferma del bobo—. Pero de ahí que el mundo se acabe, que tu vida es un infierno y una horrible pesadilla sin él, ya entra en la categoría de lo dramático-cursi y luego, en tu caso, llega a ser un asunto tragicómico. Tu estado sentimentaloide, al menos, no fregaba la paciencia a mis oídos—siempre y cuando no te escuchaba—. Y todo ese asunto de buscar un padre en tu enamorado no te satisfacía en absoluto: lo ignorabas. Pero sabias, Natalia, que te golpeaba de frente como una verdad punzante, inevitable, que necesitabas desentrañar y enfrentarlo algún día. Necesitabas mucho cariño, atenciones impostergables, cierta solidaridad inútil hacia a ti y alguien que te escuche cuando necesitabas escupir palabras amargas y desoladas de tu vida. Pero todas esas teorías te importaban un pedo: mandaste a la mierda todo ese asunto freudiano. Me dijiste:
— Soy, ahora, una chica práctica: a la mierda esos huevones rompe corazones.
No querías sufrimientos inútiles, ¿para qué Natalia? No querías saborear un desamor anunciado—pero sí lo saboreaste—. No lo soportarías si ya empezabas a vivir, según tú, esa cosita llamada romance que viene con todas esas frasecitas mágicas de regalo. Todo ocurrió, sin embargo, cuando menos te lo esperabas y algo tenía que dolerte al fin y al cabo. Te dolió en los sueños, en los pasillos de la facultad de Derecho con sus magistrados-profesores también corruptos, en la Biblioteca de la universidad—falto de buenos libros y lleno de idiotas—, en algún parque privado de la urbanización San Andrés y en otros lugares que te devolvían pedazos de recuerdos como duros latigazos. Dolió mucho. Dolió, como suele ocurrir, en la letra de alguna canción que no sabias por qué mierda se parecía a tu historia. Dolió en una frase prosaica y hasta en los versos cursis de algún imberbe admirador tuyo que se cree poeta porque gana concursos de poesía. Dolió en el insomnio y en la migraña. Dolió en alguna calle de Trujillo lleno de taxis-claxons. Dolió mucho casi en todas partes, Na-ta-li-a. Te caíste pues, como se dice, desde lo más alto, desde esos cielos donde sólo el amor te puede llevar volando como un BOEING 757. Tanto tiempo transcurrido, tantos besos sellados después de decir hasta mañana amorcito, tantos pensamientos imposibles—luna de miel y mucho sexo—, tantos sueños compartidos—una linda casita con un lindo perrito peruano—, tanta espera desesperada, tantos momentos silenciosos, tantas citas gracias a la complicidad de alcahuetas profesionales, tantas miradas mensajeras, tantos e-mails, tantas palabras suaves, tantas llamadas telefónicas y mensajitos de texto por celular del tipo TQM, tantos te quiero mucho y suspiros repentinos, tantos sufrimientos inútiles, tanta intranquilidad gratuita, tantas veces chupando su verga y, de pronto, la palabra FIN se hundió en tu pecho como una estaca en el pecho de un vampiro. Se acabo.
Lo entregaste todo, Natalia. Lo-en-tre-gas-te-to-do. Hay que entenderlo eso de lo entregaste todo sin hacer preguntas. Hay que entenderlo como ama a tu arte como a tu novia, dándole todo tu corazón. Hay que entenderlo sin mañoserías. Hay que entenderlo en silencio y nada más que eso. Pero, Natalia, te hubieras guardado algo. Te hubieras guardado algo para entregarlo al Cerro Blanco y al crepúsculo que se observa en Huanchaco, al finalizar una tarde de verano, mientras la playa está llena de basura que dejan los playeros de mierda. Te hubieras guardado, por ejemplo, tus dibujos de flores azules-rojas-amarillas, tu sonrisa silenciosa, tus historias citadinas y anodinas, tus sueños de mujer desnuda y viajera, tu danza solitaria con Jim Morrison en tu habitación—People Are Strange, Love Me Two Times o Touch Me—, el humo del cigarrillo light que sale de tu boca y se deshace mostrando un fenómeno de turbulencia, algún recuerdo musical en el Café Bar Stradivarius, una lágrima que rueda silenciosa por tu mejilla cuando nadie te ve, las huellas de tus pies en la playa de Mancora, un viernes juerguero en la Chaska—que ya no sé dónde queda— con los dizque intelectuales-idiotas-imbéciles-dizque-existencialistas-pura-pose, tu perfume amoroso, el très bien de las clases de francés, un moñito de marihuana para llamar a la muerte, una fotito para el recuerdo en la discoteca de ambiente Punto G—sede Trujillo— con tu Romeo que era Julieta y una hojita sagrada de coca entre las páginas de La Piedra Alada de Watatita.
Desnudaste tu corazón, Natalia—me estoy arrepintiendo de esa frase huachafa—. Tu corazón se mostró siempre calatito y palpitante. Lo presentaste, en toda su dimensión, a tu Romeo: un ser vacío, un ser paralelepípedo y cuadriculado hasta en el modo de tirarse pedos: se tira pedos en el baño por educación, nunca en público—por respeto al prójimo—; si un pedo quiere salir en público, su culo se encarga de tragárselo; si un pedo sale por accidente, le echa la culpa a la contaminación ambiental; si un pedo le sale mientras viaja en la combi, se hace el dormido o le hecha la culpa—como él suele decir— a un cholo de mierda. Tu Romero, Natalia, no vio mas que un anticucho delicioso, como esos que venden por el centro de Trujillo, en la calle Ayacucho, cerca de la avenida España. Tu Romeo era ciego, chère amie. Nunca vio tu corazón completamente calatito y bronceado de locuras. No vio como tu corazoncito latía sin calzoncito y daba saltitos de alegría una y otra vez. Nunca vio tu vuelo encantado. No vio tus alitas desplegarse hacia el otro cielo donde las pastillas de éxtasis nunca te podrán llevar y sólo servirán para que le compres más agua, a precio excesivo, a un pendejo empresario de la diversión-droga. No vio nada, Natalia, y tu Romeo no entiende de metáforas.

(Parte de relato ''Gente extraña'')

Mis días-invierno trascurrían así: una ligera llovizna al amanecer, siempre un cielo gris por las mañanas, nunca leer los periódicos de mierda—todos—, las clases en la universidad con los profesores corruptos de mierda—very boring!—, una brisa inesperada y glacial por las noches, nunca el brillo de las estrellas, jamás la luna llena, miradas melancólicas de amores pasados, comprender the Ricci curvature, la amante insaciable, quelquefois la conjugación des verbes français, un libro exquisito, nunca la televisión—no tengo—, fatales cigarrillos, café caliente, mucho vino tinto, algo de música suave—Smells Like Ten Spirit y Paint It Black—, condones usados y rellenos de mi semen tirados en el basurero, besos en la alcoba, sexo sauvage y del bueno, lecturas prohibidas, tuer le temps, silencio cuando es necesario—casi siempre— y poesía para hundirse volando las veces que quiero elevarme al otro cielo—yo me entiendo.
Sin embargo, hace mucho tiempo, no sé nada de ti, Natalia. Ya no escucho tu c’est la vie: esa frasecita arrogante, a veces estoica y otras veces fatalista, que quiere explicarlo todo sin decir nada. Esa misma frasecita no sería ningún consuelo para ti, Natalia, y no serviría de nada en tu caso, que puede ser también el caso muchas mujeres, del tipo por qué me rompiste el corazón y que esto y que aquello. Toda una historia insoportable de futilidades. Y también ese asunto ya clásico, cuando se acaba el amor, de buscar razones inútiles: era un mujeriego, era un sinvergüenza, no me amaba lo suficiente, era una mierda, se fue con la otra, etc.
Las historias de amor me aburren como las mujeres que hablan mucho y moralizan todo el tiempo. Una historia de amor en invierno, Natalia, ya es demasiado para mí. No soporto esas escenitas ni esas palabritas cursis de parejitas-amores-mermelada. No soporto esos regalitos peludos llamados peluches que, gracias a una metamorfosis imaginaria, y con cierta dosis de antropomorfismo, se convierten en inútiles acompañantes de alcoba de chicas casi púberes y adolescentes enamoradas o quinceañeras gritonas. Yo creo que el invierno necesita de mucho fuego. Fuego del bueno. Necesita de un verano artificial y de un olfato lascivo para pasiones peligrosas— y prohibidas—, necesita revivir una historia del tipo fuego y más fuego, necesita de amantes locos y suicidas, necesita de espinas y castigos placenteros, de sexo y vino, necesita de…mierda, por qué escribo tanta mierda. Otra vez con ese esas lecturas de Sade-Miller, qué enfermedad más contagiosa. Necesito limpiarme pronto, seguir un desapego paulatino, ascendente, conciente. Dejar atrás esas cosas temporales, buscar un fuego del tipo Pascal, abandonar el “yo” del cuerpo. Necesito dejar de necesitar…Ya, basta de muchas huevadas juntas.
(Parte del relato ''Gente extraña''.)

Hay un silencio antes de terminar la tarde y empezar la noche: es un silencio abstracto, metafórico, de la puta madre. Mentira. Todo es un pandemónium. La bulla del transito urbano, en esa hora, es bien pero bien jodida. El silencio, en las ciudades, se ha vuelto un lujo.
Anochece. Desde mi ventana puedo observar los edificios: gigantes paralelepípedos que han invadido velozmente la ciudad. Son todos feos. Trujillo esta creciendo hacia arriba, se eleva hacia el cielo como las aves, y las tuberías del desagüe están siendo cambiadas por otras de más capacidad: hay demasiada mierda. Miro también el cielo oscurecerse, como si fuera una cúpula fantasmagórica. Mientras la luz, moribunda, cede a la sombra su espacio y la sombra, silenciosa, avanza como una enigmática serpiente. El frío, en cambio, invade las calles bulliciosas, los bolsillos con sus centavos dolorosos, el sueño entrecortado, los labios resecos, la pereza del gato, los sepulcros olvidados, las páginas amarillentas de un libro, los ojos de un perro legañoso y abandonado, las botellas vacías de plástico en las calles en espera de algún reciclador—un gallinazo sin plumas—, los besos de despedida y la hierba fresca de algún parque. El frío llega también a mi habitación y mis huesos lo acogen sin quererlo. Tengo cierta resignación que aparenta ser una aceptación natural. Siento mucho frío y hay un no sé qué de sensación extraña. Natalia, en cambio, debe estar caminando por alguna calle, en alguna ciudad, leyendo algún libro best-seller y olvidándose completamente del frío. Además, es muy probable que, en algún lugar escogido y sagrado a su manera, algún suicida esta buscando una forma desesperada de salirse del círculo—sobredosis, lanzarse al vacío, un disparo en la cabeza, los rieles de un tren, eso de las venas cortadas, le poison, una soga al cuello, etc. —. Los suicidas eligen, por lo general, el invierno—o el invierno les elige a ellos— para despedirse del mundo y comenzar su nuevo viaje sin retorno. Chao, go(o)d bye, adiós, buen viaje, ciao, adieu, auf Wiedersehen! Algunos suicidas son muy creativos para escribir cartas de despedida, pero sus formas de matarse son muy comunes: nada creativos. Hay también poetas suicidas, como Attila Jozsef, el gran poeta húngaro, que eligió las vías férreas para salirse del círculo. Sobre cómo murió el poeta peruano, Luis Guillermo Hernández (1941-1977), en Buenos Aires, Argentina, aún no está del todo claro; aparentemente se suicidó lanzándose a las vías férreas, después se dijo que fue asesinado y también se especula que fue un accidente, la última causa es, según el estudio biográfico del periodista Rafael Romero Tassara, la más probable. También hay poetas asesinados como Javier Heraud. Ya hablaré, más adelante, del poeta asesinado. ON NE NOUS DIT PAS TOUT. Finalmente, debo decir que, cuando los poetas mueren—o los matan—en realidad viven, nacen de nuevo con la muerte para vivir a su manera, su estirpe es inmortal, única.
A Natalia le gusta escribir historias citadinas y a mí escribir historias sobre Natalia o Natalias. Me gusta hablarte cuando está frente a mí—aunque no lo esta—, fumando uno de esos cigarrillos light y luciendo sus dos hermanitas traviesas gracias a ese escote maldito, pero generoso, que insinúa cierta delicia; mientras el invierno me abraza, como también la madame M. Pero la madame hace más cosas: cabalga, chupa, traga, grita como Ima Súmac, succiona, lame, goza, relame, llora (de alegría), se queja (complacida) y se relaja y, luego, quiere más y yo, aunque no lo quiera, tengo que sacrificarme otra vez. Mentira. Me gusta el arte de la madame, lo ha perfeccionado con lo años.


Parte del relato ''Gente extraña''.

GENTE EXTRAÑA


El invierno otra vez—pienso esto mientras miro, desde mi ventana, el cielo gris-ceniza-fastidio-casi-limeño de la ciudad de Trujillo.
No me gusta el invierno. La fría estación se parece, para mí, a una vieja amargada en plena menopausia o a una mujer frígida tirando sin ton ni son. Pero yo nada puedo hacer para interrumpir los ciclos de la naturaleza, mas que abrigarme con LITERATURA, escribir alguna historia —que no serviría de nada—, salir a caminar por alguna calle como todas las calles o tener sexo, del bueno, con la madame M.
No es el frío, que produce rostros melancólicos en la gente, lo que detesto del invierno. Tampoco es la niebla, donde se sumergen las antiguas casonas coloniales, lo que me desagrada de esta estación. Es, ante todo, esa rebeldía de la naturaleza para adquirir la forma de un sueño profundo, un sueño que llega a ser el mío sin quererlo, un sueño del cual ya quiero despertar en verano.
Es en los parques donde puedo sentir más el sosegado corazón del invierno. Todo tiene cierto matiz que armoniza con la estación. La brisa traspasa como un frío cuchillo. El pájaro tiene un canto más sereno. Los árboles son impasibles a su manera. Los recuerdos tienen cierto sabor a chocolate. Los besos tienen sabor a café. Las mujeres caminan con cierto aire misterioso. Y yo, después de leer al borracho incorregible, puedo imaginarme, con cierta facilidad y espanto, la casa Usher bajo cualquier cielo de invierno.
En el invierno—me dijo alguna vez Natalia—fumo más cigarrillos y hago más el amor que en verano—a mí, en cambio, me ocurre lo mismo en verano, pero sin los fatales cigarrillos—. Ella, sin duda, sabe como pasarla bien. Natalia es una amiga trujillana que impresiona con su belleza y a quien, alguna vez, le prometí escribir una historia de amor para que ella lo lea en invierno y lo recuerde en verano. Aunque, con ese asunto del cambio climático, ella puede leerlo, o recordarlo, en invierno-verano o verano-invierno. Sin embargo, hasta ahora, no he cumplido mi promesa—y creo que no lo cumpliré—por estar involucrado, por un lado, en terribles problemas de faldas y, por otro lado, escribir esa cosa llamada historia de amor me resulta, realmente, bien jodido. Lo de ser un asunto jodido me di cuenta, desafortunadamente, mucho después. Mi ofrecimiento, entonces, se convirtió en un asunto realmente fastidioso. Pero, hasta cierto punto, todavía lo consideraba un compromiso pendiente.
Empecé a trabajar en la historia d’amour un día que ya no me acuerdo. Trabajar no sería la palabra adecuada. ¿Cuál seria la palabra adecuada? Nunca la sabré. Talvez sean muchas palabras que se entrelazan, que se combinan como los colores en una paleta de un artista en crisis o se devoran como bestias salvajes. Mientras más escribía, más me torturaba, pero siempre volvía a enfrentarme con las palabras y, en un ritual silencioso y persistente, conmigo mismo. Durante más de cinco años empecé a reunir lo que yo llamo restos de cadáveres insepultos: pedazos de papel dónde escribía, digamos, historias urbanas, notas marginales, garabatos, deshilvanados. No eran historias simplemente, eran más cosas. Eran, por ejemplo, relatos inconexos, muchas tonterías, emociones descontroladas, pensamientos vagos, cólera tardía, placeres escritos, tinta de sangre coagulada, chispa momentánea, algún momento agradable congelado con palabras, aproximaciones toscas, escapes repentinos, caídas inesperadas, metáforas inútiles, ningún misterio revelado, sueños difusos, búsqueda, episodios rutinarios, evocaciones fútiles y, sobre todo, locura. En fin, había reunido varios restos putrefactos de cadáveres insepultos que me servirán para terminar, quizás, algún día el collage que me de cierta tranquilidad y pueda decir “ya no lo toco más”.
En mi morgue literaria tenía brazos que le faltaban manos y manos que le faltaban dedos, tenía varias piernas de apariencia atlética y otras piernas inservibles de anoréxicas—generalmente modelos de pasarela—, varios pares de pies que serian la delicia de algún fetichista necrófilo—si tal fulano existe—, cabezas de políticos con agujeros enormes por donde se podía ver los sesos pudriéndose y llenos de mierda, tenía varios corazones en buen estado, hígados destrozados por la cólera de alguien que nunca se ríe, riñones llenos de piedrecillas—problemas de cálculo… ¿variacional?, ¿estocástico?, ¿diferencial?, ¿integral?—, intestinos como sogas sempiternas, vaginas que parecían orquídeas marchitas, decenas de ojos de todos los colores que rodaban como canicas por el suelo—los ojos azules sirven mucho para comerciales de televisión en un país de cholos—, lenguas largas como si todas fueran del integrante del grupo roquero Kiss que en este momento no me acuerdo su nombre, una colección de senos de todas las tallas—si encontraba, en cambio, senos de alguna vedette, le tiraba a la basura, pues prefería las cosas putrefactas, pero verdaderas, a esas siliconas—, muchos huesos con algo de carne todavía y no me faltaba ninguno de los 208 huesos humanos, cabellos crespos que pertenecían a alguna Medusa humana y que me recordaba a la vieja que despojaba cabellos de los cadáveres en Rashomon, orejas que no eran de Vincent van Gogh ni tampoco del pequeño Julius Bryce Echenique, etc. Tenía todas esas cosas que serían una delicia para Vesalio. Para mí, no obstante, eran las piezas exquisitas, pero inútiles por partes, para crear mi multi-universo o, al menos, mi universo o, en último caso, mi galaxia personal. Poseía casi todas las partes para armar mi Frankenstein; tenía, infelizmente, todas las noches de insomnio para crearlo. Ahora sólo quedaba jugar como el gran jugador, buscar los códigos más pendejos, ser el arquitecto de mis propias catedrales o, algo muy elevado de alcanzar, ser un neófito alquimista buscando los secretos de la pierre philosophale en algún código misterioso de algún libro misterioso de alguna biblioteca misteriosa en alguna ciudad misteriosa de algún país misterioso de algún planeta misterioso de alguna galaxia misteriosa de algún universo misterioso escondido en algún átomo misterioso que pertenece a otra galaxia misteriosa.
¿Y qué será de la pequeña? Ya no sé nada de Natalia: no la he visto desde hace varios inviernos. Atrás quedaron los ça va de las clases de francés, el adverbio aussitôt de pronunciación graciosa(osito), la jovencita crespita de look andrógino que no conversaba con nadie mas que con Natalia, mi síndrome de amores-pasados-no-resueltos-y-bien-jodidos y mis opiniones inadecuadamente francas en situaciones adecuadamente disimuladas, la pose ridícula de un boy leyendo un livre sin leer en la Médiathèque para tratar de llamar la atención de una girl de linda carita y buen culo, la fête de la musique en la Alliance Française with the music of The Beatles interpretado por un grupo (of course) fanatique of The Beatles y le professeur de origen celta: un mec amusant, cultivé, créatif, intellectuellement vif et, quelquefois, soûl. Tantas cosas juntas. Pero basta ya de todo eso. Esa manía de recordar detalles insignificantes, inconexos, me produce un efecto recurrente: una cosa conduce a la otra y todo es, de pronto, como une histoire sans fin.


(Parte del Relato ''Gente extraña'' o '' Natalia'')

DESNUDO AL ROJO VIVO



Ella llegó a la hora acordada. Me miro con sus ojos claros. Me regalo una sonrisa. Un beso fugaz en la boca. Y me dijo:


Hola loco.


Trajo una botella de vino tinto. Ahora tenemos dos botellas………….……………………………………………………………………………………………………………una copa de vino tinto se muere en sus labios……………………………………..su cuerpo hermoso, desnudo……..DESNUDO AL ROJO VIVO…………….


Beso tu oreja. Te digo susurros que son respiros. Beso tu oreja. Te digo versos malditos. Beso tu oreja. Te canto muy de cerca. Beso tu oreja. Te digo insultos. Besos tu oreja. Te digo obscenidades. Beso tu oreja que está ardiendo.


Voy hacia el sur.


Beso tus labios.


Beso tus labios.


Beso tus labios.


Hay magia. Hay algo exótico. Hay un sabor en tus labios rojos. Hay un sabor de agua dulce. Hay una ola de fuego que me envuelve y me atrapa. Me hundo, nos hundimos, vuelo, vuelo, vuelo, volamos. Y remojo mi lengua entre tus labios. Y mi lengua y tu lengua se besan como si fueran dos serpientes.


Voy hacia el sur.


Beso tu cuello blanco como la espuma. Beso tu cuello modigliánico. Soy un vampiro embriagado y un explorador de tu piel. Beso tu cuello. Soy el navegante de tus mares de fuego. Beso tu cuello. Escucho tus suspiros. Te estremeces.


Voy hacia el sur.


Beso tus senos con pasión desmedida. Tus senos firmes. Tus senos que se acuerdan de mí. Beso tus senos. Tus senos que tienen el mismo magnetismo de otras tardes y de otras noches. Beso tus senos con locura. Y vierto vino sobre tus senos. Soy un dipsómano de tus pechos bañados con vino. Beso tus senos. Beso tus senos sabor a vino tinto. Deslizo mi boca, mi lengua, mi locura sobre el surco que separa tus senos. Tus senos, el vino, mi boca, tus latidos, mi lengua, tu piel, mi lengua, el vino, mi lengua. Siento y escucho tu palpitante corazón. Beso tus senos. Tus senos que juegan y saltan. Beso tus senos. Te regalo una pizca de dolor que mas es placer: muerdo suavemente tu pezón. Te gusta.


Voy hacia el sur.


Beso tu vientre cálido. Beso tu vientre que es playa de verano. Beso tu vientre donde habitan trémulas mariposas, inquietos pececillos, graciosos delfines, venenosas serpientes, enormes dinosaurios. Beso tu vientre. Beso tu vientre ignoto y fértil. Beso tu vientre. Te estremeces. Beso tu vientre.


Voy hacia el sur.


Beso tu muslo. Te estremeces. Beso la frontera de tu selva negra suavemente. Te estremeces. Hay una electricidad que recorre tu cuerpo. Te estremeces. Hay un fuego que consume tu piel. Te estremeces. Ahora beso tus labios que no son de tu boca. Te estremeces. Y hora despliegas tus alas y levantas vuelo. Te estremeces. Escucho tus gemidos. Siento tu danza. Hay un temblor. Siento el temblor. Te estremeces. Y beso tus labios que no son de tu boca una y otra vez. Te estremeces. Beso los labios que no son de tu boca con mi lengua huracanada. Te estremeces y vuelas. Y remojo mi lengua entre tus labios que no son de tu boca. Tu boca, tu boca, tu boca que no es boca.


Estoy en el sur.


Somos dos locos: mi boca y tu boca que no es boca. Te agitas. Y mi lengua se sumerge en tu pecera. Te agitas. Mi lengua de fuego rema entre tus labios de tu boca que no es boca. Mi lengua entre chapoteos y remojones. Te agitas. Y toco tu punto infinito.


Explosión.


Caos.


Fuego.


Dios.


Locura.

Mi lengua saborea tus labios que no son de tu boca. Te agitas. Mi lengua es incansable, insaciable. Soy un fiel devoto de tus labios, amo y esclavo de tu punto infinito, Nicolle. )
PARTE del relato JIM FUK YU