martes 23 de junio de 2009


JIM FUK YU

Hay algo más.

Ilustración-graffiti del progreso de la Cultura Oxidental hacia más y más desorden, es decir, mucha entropía:
Hamlet: to be or not to be
Camus: to be is to do
Sartre: to do is to be
Sinatra: do be do be do be do
(Ingo Müller, A History of Thermodynamics, Springer, New York, 2007)


Pienso en un individuo divertido, humano, demasiado humano—Homero Simpson—. Pienso en algún ser anónimo sin importancia— Le Président Nicolas Sarkozy—. Pienso en un lugar real donde me gustaría vivir—Macondo o Spriengfield—. Pienso mucho en ti, Nicolle. Repaso mis imágenes: hay muchas cosas. Selecciono, ubico, proceso, describo, desmenuzo, trituro. Hay mucho CAOS. Estoy confundido, muy confundido. Hay conflicto. Error, error, error. Nervous System, Nervous System, Nervous System. Hago un esfuerzo. Hago otro esfuerzo. Me repongo, respiro y localizo. Lo-ca-li-zo.


Hay; en algún lugar, en alguna calle, en alguna coordenada, en algún punto espacial-temporal trujillano; un ser humano, un mendigo soportando el frío, el hambre y la vida. También hay algún perro abandonado en la calle. Un perro indocumentado; flaco, sarnoso, hambriento, melancólico; explorando y sobreviviendo en la selva urbana; husmeando los restos de comida en las bolsas de basura de los terrícolas trujillanos; mostrando, tristemente dulce, sus ojos líquidos; mirando temeroso, desconfiado, a los humanos. Un perro decepcionado por el abandono de su dueño—ese-hijo-de-puta—. Un perro antisocial soportando una historia interior de existencia perruna, albergando un país de pulgas dentro de un país de perro, viviendo la cicatriz a flor de fuego en su lomo desgarrado, atizando el recuerdo-consuelo de cuando era cachorro y todos querían tocarlo, soportando las noches soñolientas y los inviernos ingratos, soltando un aullido que estremecería el mismísimo culo beatniks de Allen Ginsberg. Un perro escuchando el eco distante de ser, irónicamente, el (ex)mejor amigo del hombre. Un romatéko fánu, un perro loco. Un perro con una verdadera vida de perro y esperando que no se apruebe la ordenanza municipal que inicie un holocausto perruno. Un perro esperando el tiempo inacabable de su final y viviendo, literalmente, un antiguo proverbio: el perro ocioso se volverá sarnoso. Camino, camino y camino.
No hay silencio. Hay historias y pesadillas, misterios y secretos, bulla y eso que llaman, dizque, progreso. Pienso en todas estas cosas mientras camino. Pienso y los devoro, pienso y los vomito, los desmenuzo, los exprimo, los insulto. Nada-me-detiene-en-esta-locura.

Nada.

Me-estoy-volviendo-loco.
Unzeitgemässheit.
No sé cómo llegué al estado en que me encuentro ahora: me estoy destruyendo. Eso es bueno, buenísimo, chévere, bacán. Hay que morir las veces que sea necesario, destrozar lo aprendido y tirarlo todo a la basura. Desaprender cuando es necesario sobrevivir. Desaprender a la velocidad de la luz lo aprendido. Pisotear ídolos, tirarse vírgenes, cagarse encima de los obispos y cardenales, orinarse en la boca de los políticos, escupir santos, tirarse muchos pedos en el congreso y cagarse toneladas de mierda encima de los partidos políticos y otras variantes que, en esencia y después de desmaquillarlos, resultan ser la misma mierda. Tirar las ideas fijas, cagarse encima de ellas, escupirlas una y otra vez, tirarlas al desagüe y limpiarse bien cada recodo del mosco. No me importa mi estado, mi estado fugaz, temporal, obsoleto para la eternidad, insignificante para la temporalidad, indiferente para el universo de una hormiga obrera. Quizás lo más cercano, y estúpido, sería atribuirme algún estado del alma: el estado, nada pasajero, de estar bien cagado. Nadie más sabe de esto, excepto yo. Eso me alegra. Soy mi propio suicida.
Me-estoy-volviendo-loco.


(Extracto del cuento JIM FUK YU. 30 pag. aprox. Trujillo, 2005-2009)

Un poeta Bob esponja

Se dice que sólo los poetas—también los locos—compran esa cosa alada y misteriosa—y escrita—llamada Poesía. Esa cosa peligrosa que se vende bajo la extraña categoría de poemario y que ha inquietado, aún más, a los escasísimos seres receptivos el deseo de volar hundiéndose, de perderse en sus tentaciones, de explorar el mundo interior, de conocer sus demonios y sus cielos-infiernos, de embriagarse de fuego y emprender el viaje bajo un cielo de rayos instantáneos. Esa cosa del cual los críticos hablan mucho y del cual no se hace nada mas que, natural impotencia, poner etiquetas. Pues, señores, nada se puede decir de algo que no se ama y que no se vive intensamente. Nada se puede decir de algo que no nos queme que nos duela que no nos desgarre que no nos asesine. No se puede amar, como es sabido, algo que no se conoce.


Y esa cosa, POESIA, está más cerca al FUEGO, al CAOS y a la LOCURA: elementos que escasos individuos pueden soportar—yo no les recomiendo—. Esa cosa es una bomba incendiaria, un alimento para locos, una bebida para suicidas, el fuego para vivir y a la vez para morir, un huracán de gasolina cerca a un cigarrillo encendido, un torrente salvaje y subterráneo, un infarto infinito en un tiempo infinitamente pequeño, un viaje sin regreso y sin fin. Y esa cosa, hay que decirlo, esta prohibida para normales bajo el riesgo de producir diarrea mental o, simplemente, nada.


Los poetas son escasos y únicos, peligrosos si abundan en un mismo punto del espacio-tiempo. Alguien, tal vez el gran jugador del universo o alguna condición inicial impuesta a una misteriosa ecuación de la naturaleza o, quizás, alguna suerte de balance misterioso produce que nazcan pocos poetas y, de se modo, controla la proporción de caos en el mundo. De ahí se colige, además, que no es un buen negocio, señores editores, publicar poesía.


¿Y qué más mis queridos drugos?


Los poetas son paracaidistas sin paracaídas, aviadores sin avión, astronautas sin nave espacial, extraterrestres sin OVNI, marihuaneros sin marihuana, religiosos sin religión, extraterrestres en la tierra, pájaros sin alas, ángeles demonios y demonios ángeles, seres incendiarios, asesinos en serie de ellos mismos, violadores del establishment, santos de los demonios y demonios de los ángeles, niños rebeldes, detectives salvajes, exploradores incansables.


No intento explicar el fenómeno poético, no es mi oficio, y no creo que exista tal oficio en el mundo. Yo ya tengo suficiente con mis quemaduras poéticas de tercer grado—a veces más— y mis caídas que siguen una trayectoria espiral no ascendente. Si algo hay que decir sobre la naturaleza de la cosa, diría, soñoliento, que son tal vez los caprichos de las leyes eternas de la belleza eterna una suerte de musa esquiva que, cuando uno lo ha mirado-vivido, queda loco para siempre. También, sin embargo, estoy seguro, lo siento así, lo vivo, la verdadera belleza es de naturaleza universal, imperecedera. En cambio, y con esto estoy totalmente de acuerdo, las cosas mundanas se desvanecen, tarde o temprano, como los partidos políticos de mierda y los prejuicios también de mierda.


¿Y qué más mis queridos drugos?


Los poetas son como Bob esponja, lo absorben todo. Son esponjas que absorben líquidos incendiarios, vuelos en picada, gritos salvajes, corazones trémulos en plena crisis, mundos mágicos y emergentes, mujeres infieles y misteriosas, musas putas y asesinas, nínfulas exquisitas, vírgenes pecadoras, fuego incandescente, sonidos punzantes, murmullos viajeros, ojos brujos donde hay candelas, luz oscura de claridad, fuego excelso e indomable, paraísos artificiales, noches oscuras, aullidos infernales, sueños azules, caídas hondas de los Cristos del alma, insultos celestiales, ignotos infinitos, escenas dulcemente macabras, sepulturas incandescentes y golpes como el odio de Dios.


Pero, ¿Sierpinski altero las ecuaciones y ocasionó un efecto mariposa, es decir, El aleteo de una mariposa en Nueva York puede ocasionar un tifón en Pekín? La respuesta es no. Sierpinski sólo quería joder al mundo, quería burlarse de la futilidad y del nivel cosmético de la so(u)ciedad literaria contemporánea-comercial-mercenaria. No había poesía. Había una protesta, un grito, una herida sangrienta, un insulto hiriente, un vomito, un libelo y nada más que eso. Sierpinski lo sabía muy bien: había que joder al mundo de los escritores mercenarios, a todos esos putos y cabrones. Sierpinski era el elegido, el poeta que se burlará del mundo porque el mundo ya se ha burlado demasiado de los poetas. La rebelión ha comenzado. Tiene una sola arma de incontables filos: la palabra. La palabra como medio para atrapar, al menos, algo del fuego alado: un puñado de chispa excelsa y esquiva. La palabra para violar a las vírgenes intocables y llenarles el culo con escupitajos calientes. La palabra para abrir la puerta de la libertad, liberar el eco viajero y trémulo, develar la onda misteriosa y mágica. La palabra para abrir las piernas de tu enamorada que se hace la difícil. La palabra como recurso inevitable y exquisito. La palabra como espada para el mar helado que llevamos dentro. La palabra como arma efectiva para cambiar el mundo asolado por la glaciación. La palabra como masturbación infinita. Y no queda otra cosa más que la palabra. Amen.


P.D. Lo de Bob, en el título de este artículo, se debe a que soy admirador de Bob Dylan. No se especule más.


J.F.Y.


(Extracto del cuento Literatura Sierpinskiana. Trujillo, 2008. )

Don Pancho y Don Quijote

Cierto día, en una ciudad calurosa de la selva peruana, cuyo nombre no hace falta mencionar, el destino—eso quiero pensar—me presentó a Don Pancho, un vendedor de libros usados o, como él pregonaba, un traficante de libros releídos y nada más.

Lo recuerdo como si fuera ayer. Era una tarde soleada de agosto, salía del colegio y, al otro lado de la calle, con muchos libros ordenados en la vereda, había un señor sentado en una pequeña silla leyendo quién sabe qué autor. Tenía la barba blanca de montaraz, un vestir algo extravagante y colorido, un sombrero pintoresco, hecho con hoja de palmera y pintado de rojo, y una serenidad que no era de este mundo. Y ahí estaba, indiferente al ruido del transito, sumergido en su lectura peregrina, nadando contra la corriente del tiempo y la vida apresurada de la ciudad. Sin embargo, como ya dije, tenía una serenidad imperturbable que me envolvía de curiosidad. Crucé la calle y me acerqué a él. Miré por un momento sus los libros viejos y polvorientos. Luego tuve que distraer su lectura con mi pregunta:

—Buenas tardes, señor. ¿Cuál es el precio de ese libro marrón? —señale con mi dedo índice el libro.

Sin embargo, después de mi pregunta, él permanecía impertérrito. Supuse, entonces, que no me había escuchado, así que volví a preguntar, esta vez en voz alta y señalando con mi dedo la obra de Cervantes, Don Quijote de la Mancha. En seguida, y sin prestarme mucha atención, él miró de reojo el libro señalado y sólo atinó a decir:

—Ese libro, jovencito, no está en venta.

Me quede en silencio por unos instantes y luego volví a preguntar.

— Entonces, señor, porque lo muestra—le dije extrañado.

—Bueno, lo traigo conmigo siempre porque lo leo, religiosamente, todos los días—me dijo emocionado.

Sus palabras aumentaban aún más mi curiosidad y, naturalmente, le dije:

— Señor, me gustaría leer el libro.

— Jovencito, ese libro no está en venta—dijo con voz apacible.

Quería leer el libro. Tenía mucha curiosidad. Así que volví a insistir con un tono amable, pero decidido:

— Me gustaría leer el libro—le dije nuevamente.

— No está en venta—me dijo mirándome a los ojos, algo sorprendido ante mi insistencia.

El señor de los libros permaneció en silencio por unos instantes, vi una sonrisa de niño en su rostro bronceado, una sonrisa de aprobación. Luego me dijo entusiasmado:

— ¡Eureka!

— ¿Qué? —dije extrañado.

— Bueno, jovencito, te lo voy a prestar si todos los días, después de salir del colegio, lees un capítulo en voz alta para escucharte, ¿qué dices, eh?

Me alegré mucho por su propuesta.

— Sí señor, acepto— le respondí en seguida.

—A propósito, jovencito, mi nombre es Francisco, pero puedes llamarme Pancho—me dijo.

Aquella misma tarde empecé la lectura del libro. Todavía recuerdo las primeras líneas: “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme…

Don Quijote—pienso después de todos estos años—fue el niño que perdimos alguna vez por ser adultos y actores de una comedia—o tragedia— que no conocemos. Era un loco querido, moral y cuerdo que miraba gigantes donde Sancho veía sólo molinos. También empecé a detestar a Sancho y llegué a pensar, alguna vez, que los hombres se dividen en dos clases: Quijotes y Sanchos.

Don Pancho me presto muchos libros más a partir ese momento. Dirigió también mis lecturas por más de tres años y teníamos tertulias interminables sobre literatura en plena calle. Al correr de los años, me convertí en un devoto lector y tenía la necesidad, ineludible, de escribir.

Fue una tarde que Don Pancho me regaló aquel libro que tantas veces lo leía en voz alta. Y, esa misma tarde, yo sentí el peso de sus años: la muerte husmeaba sus talones. Al día siguiente la vereda estaba desierta: sin libros ni historias ni aventuras ni Quijotes. Ya no vi más a Don Pancho, pero aún recuerdo la frase, acaso profética, que me dijo aquella tarde inolvidable: “Ahora, en este mundo, son cada día menos los Quijotes y más los Sanchos”.
Trujillo, 2004.
(Segundo puesto en la X versión de los Juegos Florales Región San Martín 2007)

lunes 22 de junio de 2009




NERÓN



''Hoy dormiremos temprano. Esta noche no comeremos. Mañana-suspiró y se calló un instante-...mañana será otro día'', dijo Sofía a sus dos menores hijos que le miraban con eterno silencio.


Nerón, su perro, paró sus orejas y soltó un pequeño ladrido que mas parecía llanto. Sofía rezó con sus hijos, besó sus frentes y dijo: ''Buenas noches. Los quiero mucho''. Después, miró a Nerón y le hizo un cariñito en la cabeza, diciéndole:''Lo siento mi gran emperador. Hoy, no hay hueso''. Luego entró a su cuarto, dejó su aparente serenidad al cruzar la puerta, se acostó en su cama y entró en un silencioso llanto con miles de lágrimas.


Desde que el esposo de Sofía murió en un accidente, mientras él trabajaba en la petrolera ''Smith & Weber Oil Company'' hace más de cindo años, ella sólo vive para sus hijos y espera que la petrolera reconozca el pago del seguro por accidente que, cada día, parecía más ilusorio ante sus justos reclamos.


La noche, en que Sofía dijo: ''hoy dormiremos temprano'', fue el fin de una larga jornada de negaciones y vanas esperanzas. Por la tarde, ella visitó al carnicero para otro crédito, pero se lo negó, como también el lechero, el panadero y frutero. Pensó, entonces, en un préstamo de dinero a sus ''amigos'', a unos parientes lejanos, a la vecina Carlota que criaba gallinas en su huerto, al señor Don Juan de la tienda llamada ''Jehová es mi Salvador''; pero todos le negaron. La gente del pueblo, sabía que Sofía.


Los minutos parecían horas y el hambre confabulaba con el tiempo y el sueño. Nerón no era la excepción. Su pose, melancólica, con sus color marrón atigrado se perfilaba impaciente, sin poder dormir, en un esquina del cuarto de Sofía; de pronto el can paró sus orejas, salió al huerto rompiendo al cerco que lo separaba con el de la vecina Carlota, entró al gallinero con movimiento apacible, miró al único gallo dormido y saltó ágilmente sobre el plumífero, como un tigre feroz, dándole una certera mordida en el cuello que hizo del pobre ''rey de gallinero'' una muerte rápida y silenciosa. Luego, empezó el cacareo escandaloso de las gallinas y Nerón salió rápidamente del escenario del crimen con el gallo en la boca. Poco despúes, Nerón llegó a la cocina de Sofía y empezó a ladrar. Sofía se despertó y encontró al gallo asesinado por Nerón. Sin pensarlo dos veces, ella cogió el gallo y lo desplumó rápidamente. Horas más tarde, los cuatro, disfruntaban de un delicioso caldo de gallo.


Al día siguiente, Doña Carlota, sorprendida, encontró vació su gallinero. Había ocurrido que tres ladrones robaron sus gallinas y...un gallo, mientras dormía plácidamente despúes de haber cenado un delicioso caldo de gallina.

Trujillo, 2004.

Publicado en la revista ''REFLEJOS''. Año IV. Nro. 09. Marzo, 2006.