miércoles, 17 de enero de 2018

RETRATO DE UNA TARDE DE VERANO




Me despierto después de un sueño extraño, de esos que lo recuerdas todo y luego lo olvidas para siempre. Simplemente no quieres tocar nada del sueño hoy. Nada. 

Escucho música. 

Voy a la ducha. Me escapo al universo acuático. Mi piel se sumerge en ese universo.  Disfruto de las sensaciones. Estoy agradecido. Cada momento tiene su sabor. El espacio entre los instantes son duraderos a su manera.  Entonces ahora sólo es mi piel y el agua y, luego, sólo piel y agua. Nadie más esta en ese momento. Nadie.

No hay palabras. No hay frases. No hay mente. 

Respiro.

Mis pulmones de naturaleza fractal.

Termina la ceremonia del baño. Hay calma. Hay una sensación de levedad. Hay un descarga de lo que tiene que irse. Hay una renovación. 

Miro las frutas que compré ayer: fresas y arándanos. Me preparo un jugo. Lo disfruto como si fuera el último jugo en el planeta Tierra preparado con todo el amor del mundo. No es un jugo simplemente: es y será parte de mí. Agradezco el sabor y el cariño. 

Me pongo el terno y la corbata. El tipo de nudo de la corbata me recuerda a un poeta, un ser alado.

El mundo está allá afuera. El otro mundo es interior. 

La habitación se nutre de esa soledad que da el espacio de un templo.  Mi templo personal. 

Puedes vivir en el mundo sin estar en el mundo.

Miro mis ojos en el espejo y me veo a mil años. Quizás más. 

Me observo. Soy testigo. 
Sonrío. 




No hay comentarios:

Publicar un comentario